Monday, August 24, 2009

Guy de Maupassant

Mes (autoproclamado) del cuento, entrada número 24.

Juan Bosch tiene un ensayo breve que se llama “Apuntes sobre el arte de escribir cuentos”. Está disponible aquí. Es un texto bien curioso, algo que un contemporáneo no creo que podría escribir sin sonrojar. Plantea el afán cientificista tan característico de los siglos XIX y XX (miren por ejemplo la obsesión con la técnica y la disciplina, además de la fe en una serie de “principios del género […] inalterables”). Combina este afán con un culto organicista y espiritual de la literatura, también típico de un mundo que fue quedándose sin fe y buscó sustitutos artísticos para la teología.

Pero ese no es mi punto. Mi punto es que, en cierto momento del texto, Bosch dice: “El cuentista joven debe estudiar con detenimiento la manera en que inician sus cuentos los grandes maestros; debe leer, uno por uno, los primeros párrafos de los mejores cuentos de Maupassant”, y menciona a tres autores más. A Maupassant se le considera uno de los fundadores del cuento moderno, y mucha gente recuerda su nombre con reverencia. Así que, en este mes del cuento, hagamos rápidamente el ejercicio que propone Bosch.

Tomemos seis cuentos de Maupassant, todos disponibles en Internet por cortesía de Ciudad Seva: “El collar”, “Dos amigos”, “La cama 29”, “Miss Harriet”, “Las sepulcrales”, y “Ese cerdo de Morin”. Antes de pasar a los inicios específicamente, confieso que uno puede sorprenderse al ver el entusiasmo con el que la gente sigue leyendo a Maupassant. Un historiador de las ideas y un antropólogo cultural ciertamente lo tienen que hacer, pero nuestros gustos literarios han cambiado mucho desde esa época.

Recurriendo a un término inglés, muchos de los textos han quedado dated, tanto en temática como en técnica. ¿Quién se puede tomar muy en serio una descripción como esta?: “Una brisa acariciadora les cosquilleaba el rostro” (“Dos amigos”). O peor aún: “Arrodillado, inclinándose, se bebe agua fresca y cristalina que moja el bigote y la nariz, se bebe con ansia, como besando a la fuente labio a labio. A veces, cuando se descubre un hoyo en esos arroyuelos, el cuerpo desnudo se baña, sintiendo sobre la piel, desde la cabeza hasta los pies, como una caricia helada y deliciosa, el estremecimiento de la corriente viva y ligera” (“Miss Harriet”). Las tramas que son tan famosas, como la de “El collar”, parecen desenvolverse con la lógica de un cuento infantil, en la que los protagonistas son los únicos que no han descubierto lo que está pasando. (¿La pareja de “El collar” cómo no sospecha cuando le dicen que el joyero vendió el estuche “vacío para complacer a un cliente”?). (El narrador de “Las sepulcrales” nos da una pista muy evidente de lo que sigue cuando indica que lo dicho por la viuda tenía “visos de sinceridad”).

Quiero ser muy enfático: lo que he dicho no debe entenderse como un argumento en contra de los clásicos. Hay clásicos que se mantienen frescos, no obstante el cambio en cosmovisión y no obstante el hecho de que la novedad de muchos clásicos ha naufragado en los ríos de tinta de sus imitadores. ¿Cuántas personas no se han apropiado de Shakespeare, y sin embargo uno lee los sonetos como obras supremamente ingeniosas y arriesgadas? ¿Ha dejado de ser retadora la antinovela Tristram Shandy, no obstante un siglo o más de esfuerzos por desarticular las estructuras literarias tradicionales? Lo que me gustaría sugerir es que Maupassant sí corre el riesgo, con sus descripciones azucaradas y sus tramas previsibles, de perder su vigencia tanto para el público en general como para los escritores deseosos de apreciar su técnica.

Volvamos entonces a Bosch. Los primeros párrafos de los últimos tres cuentos que señalé son casos perdidos, a mi juicio. Se desgastan por generar un marco narrativo (como el de The Turn of the Screw o Heart of Darkness, o incluso El banquete de Platón), dentro del cual contar el cuento. Hace unos días me referí a una estrategia semejante usada en dos cuentos de Stephen King (con variaciones).

Por otra parte, el inicio de “El collar” ofrece un principio ágil, pero no es exactamente una lección magistral en inicios. La irreverencia de sus prejuicios sociales lo vuelve llamativo en una época en la que las voces públicas no suelen hablar así. “La cama 29”, con su caricaturesco capitán Epivent, es antes que nada gracioso. El párrafo tiene una buena simetría con las descripciones escalonadas del bigote, la cintura y las piernas. El mejor para mí es el principio de “Dos amigos.” La situación que plantea es atractiva (todo agoniza), y además el párrafo es muy bien pensado: la frase “Se comía cualquier cosa” cobra cierto sentido en ese momento, pero a la luz del final del cuento reverbera con un significado macabro e ingenioso. El cuento en general no me fascina, pero ese inicio vale la pena.

¿Debe ser Maupassant, entonces, una lectura obligada para los jóvenes escritores de cuentos, como lo propuso Bosch? A pesar de lo que he dicho, mi respuesta es (y en negrilla). Pero lo digo por otra razón: todo es lectura obligada para un escritor que no quiera reinventar la rueda o caer en reiteraciones desgastadas. Un escritor debe ser omnívoro y necrófago en sus lecturas, porque de todas, por más malas que sean, aprende (ojalá no se estanque en las malas, como sugerí hace un tiempo). Pero los escritores de cuentos deben buscar hoy en otras direcciones. Deben darse cuenta de que las reglas canónicas ya están reventadas. Hay excelentes cuentos sin inicios espeluznantes, sin conflictos para comerse las uñas, sin clímax (Lorrie Moore es genial sin recurrir necesariamente a estas estrategias). Hace más de treinta años que Barthelme se burlaba del modelo chejoviano de cuento que se despide con una epifanía. Pues hay que ver qué propuso e hizo Barthelme, claro. Y hay que buscar mantenerse al tanto de los ejercicios más prometedores que se están generando ahora. Al afirmar esto, no estoy diciendo nada nuevo, claro. Pero, en vista del fanatismo por Maupassant, hay que tener cuidado para que ciertas formas de reverencia no nos jueguen una mala pasada.

4 comments:

  1. Federico, ahora que menciona a un clásico del cuento como Maupassant, y muy de pasada a Chéjov, me doy cuenta, revisando sus escritos, de que todavía no ha hablado sobre este último. ¿Qué opinión tiene de Chéjov? ¿Le gustaría hacer una entrada sobre él? Me interesa su punto de vista entre otras cosas por la importancia que ud. le da al "tema" en el cuento (una opinión muy borgiana, de hecho), y tengamos en cuenta que los relatos de Chéjov carecen muchas veces de "tema". De hecho, su banalidad es apabullante, pero a mí me parece el mejor cuentista que he leído (por encima, incluso, de Borges). ¿Y qué opina, además, de dos de sus discípulos más famosos, Hemingway y Carver?

    Gracias. Un saludo.

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  2. Jorge: Perdón por la demora en responder.

    Es verdad, no he escrito nada sobre Chéjov. (Por ahí resalté su recomendación sobre adjetivos y adverbios, pero no me he referido a sus cuentos).

    Los cuentos de Chéjov me gustan. Estoy de acuerdo: son situaciones cotidianas, muchas veces llevadas a los extremos dentro de la vida de un personaje. Pero me gustan mucho más que los de Borges. Es más, aunque suene feo y hasta filisteo, hay poco de Borges que de verdad disfruto leer. Él parecía buscar, como tantos modernistas de inicios del siglo XX, ser estudiado más que leído.

    A propósito, creo que en Chéjov sí hay un "tema" en el sentido de theme que discutí con respecto a Andrew Porter, aquí.

    Hemingway y Carver ambos son geniales, aunque no todas sus historias me parezcan geniales. Les ha hecho daño, creo yo, la cantidad de gente que los ha imitado. La impaciencia con los émulos muchas veces lo hace a uno sentir impaciencia con el que creó el estilo emulado. Algo dije sobre eso, con respecto a Carver, aquí. En todo caso, "Cathedral" es un cuento excelente (aunque "Errand", otro cuento frecuentemente antologado y precisamente sobre Chéjov, no me gusta mucho). De Hemingway, "Hills [...]", a pesar de toda su fama, es un placer y además una lección sobre cómo escribir entre líneas.

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  3. p. d.: Perdón por no preguntar antes, Jorge, pero ¿qué opinión tenés vos de Hemingway y Carver? ¿Tal vez algún cuento favorito de Chéjov?

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  4. Federico, gracias por su respuesta.

    Hace poco volví a leer "La dama del perrito", y me impresionó la forma como Chéjov comprende a sus personajes. No puedo evitar sentir que ellos efectivamente existieron, que lo que les ocurre es muy real, que se nos está contando la vida tal cual es, sin artificios. Y eso que estamos hablando de un cuento de menos de veinte páginas, lo cual habla muy bien de la sutileza de Chéjov, de su don para la elipsis.

    Con Chéjov me pasa eso: desde las primeras líneas de cualquiera de sus cuentos (y subrayo ese "cualquiera") me creo ompletamente lo que dice. Con unas cuantas frases nos puede mostrar a un personaje en su totalidad. Por ejemplo, cuando habla de esa dama del perrito, nos hace saber que ella no ama a su marido con esta simple frase: "No hubo manera de que lograra explicar dónde trabajaba su marido, si en la diputación provincial o en un organismo local, y a ella misma le hizo gracia".

    Sí, "La dama del perrito" es uno de mis cuentos favoritos de Chéjov, pero hay varios, y me gustan tanto los que escribió en su madurez ("Vecinos", "El beso", "Muzhiks (Campesinos))" como los primeros relatos "humorísticos" de dos o tres páginas ("El padre de familia" me parece espeluznante). Por no hablar de sus obras de teatro, que me fascinan.

    En cuanto a Carver, creo que es uno de los mejores discípulos de Chéjov y me gusta casi todo lo que escribió. Incluso disfruté su libro "Beginners", dos o tres cuentos me parecieron superiores a los que Gordon Lish editó (a pesar de que son más extensos).

    En cuanto a Hemingway, "The Short Happy Life of Francis Macomber" es uno de los mejores cuentos que he leído en mi vida.

    Por último, Borges es también de mis escritores favoritos. Me gusta lo que dice y cómo lo dice, pero prefiero sobre todo sus ensayos.

    Un saludo.

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