Monday, March 23, 2009

El fenómeno Coelho

Paulo Coelho, El alquimista (1988). Trad. Juan Godo Costa. Bogotá: Planeta (1997), 236 pp.
Paulo Coelho, El peregrino (Diario de un mago) (1987). Trad. Cristina Hernández Escobar. México: Grijalbo (1998), 222 pp.


He leído dos libros de Paulo Coelho. Esta confesión podría provocar mi ostracismo de ciertos círculos literarios.

En realidad, llegué a Coelho por intereses literarios muy concretos, pero eso explicará el primer libro que leí de ese autor; lo censurable a ojos de muchos será que leí un segundo Coelho. Me preguntarán si no me vomité lo suficiente con el primero como para perpetrar la lectura de un segundo libro. Y en verdad yo mismo habría mirado con asombro a un lector confeso y repetitivo de Coelho. Al encontrar escritos con aspiraciones esotéricas, yo no dudaba en descalificarlos diciendo que parecían de Coelho. Para mí Coelho era sinónimo de la autosuperación que ha colonizado estantes enteros con lecciones espirituales bastante diluidas, puestas al servicio de dejar de comer hamburguesas o de comprar una camioneta más grande. Hace un tiempo un escritor muy joven me mostró un cuento de su autoría; había mucho para mejorar, y, cuando le pregunté qué le gustaba leer (a mi juicio la pregunta clave para hacerle a un escritor, especialmente a un escritor joven), me dijo que Coelho. Se los había leído todos, y en su ficción pensaba imitarlos con unas fábulas extrañas y moralizantes que derramaban moralejas místicas. Sin titubear, le respondí que ese era su principal problema.

Ahora, en cambio, me aparto de esa versión algo caricaturizada que tenía de Coelho. Esto no equivale a decir que es bueno, en términos literarios. Simplemente no es la imagen estereotípica que había formado de él.

Me explico, haciendo una apreciación en dos niveles. El primero es el nivel literario. En ese plano, las obras que leí de Coelho son malas. El alquimista, por ejemplo, es una fábula en lenguaje muy simple, estereotípico incluso (de cosas como tardes preciosas y labios bellos). La trama es muy débil, los personajes son muy débiles, las descripciones son muy débiles. Por ejemplo, el diálogo del protagonista con su corazón (pp. 188-190, 193) raya en el ridículo. La trama en El peregrino es una pizca más robusta. Los recursos narrativos a disposición del autor son pocos, y tibiamente utilizados. Las descripciones son tan tenues que están casi ausentes. No hay un uso impactante del lenguaje, ni diálogos tan bien construidos que uno se ría y asienta en silencio a la vez. No hay nada de eso. Qué pesadilla tener que nutrir una clase de Literatura con estos libros, o tratar de señalar sus virtudes estéticas ante un grupo de escritores.

Semejante simplicidad tan árida puede armonizarse con una de las propuestas explícitas en ambas novelas, y es que la verdad debe estar al alcance de todos. En El peregrino lo repiten muchas veces: lo cotidiano, lo común, lo práctico, es de la mayor importancia. Tal simplicidad también puede explicar el éxito editorial que ha convertido a este autor en el fenómeno que todos ya conocen.

En cualquier caso, estas novelas literariamente no se sostienen. Y no lo digo porque sean best sellers, uniéndome así al coro de gente que denigra a priori la calidad literaria de los best sellers. A Coelho difícilmente lo estarán leyendo en círculos literarios en cincuenta años; a otros autores de best sellers, en cambio, como Stephen King, estoy seguro de que los estarán leyendo por lo menos tanto como ahora.

Un problema del estilo literario que usa Coelho en estos libros es que es contagioso. Coelho, por su parte, fue influenciado por la saga de Don Juan, de Carlos Castaneda (a quien admito no haber leído); Coelho menciona varias veces a Don Juan en El peregrino, seguramente ajeno en ese momento al debate sobre la autenticidad de Don Juan. Y hay que ser cuidadoso con la influencia literaria del estilo de Coelho sobre otros. Para mí fue muy reconocible el contagio en Proyecto Piel, de J. C. Londoño, una de mis novelas menos favoritas de 2008 (para usar una descripción increíblemente benigna). La novela entera se despliega como un diálogo entre un supuesto sabio (hago mucho énfasis en el “supuesto”) y el narrador; quien habla propone construir una mansión para los sentidos, y no se calla sobre una cantidad de temas que domina desde más o menos bien hasta muy mal. El narrador permanece asombrado con el conocimiento de su interlocutor, y a veces entrelaza la narración con momentos de tensión sexual. El texto es ágil de leer, pero por lo demás es inverosímil, es tiranizado por una fachada deleznable de erudición, y resulta ensalzado por detalles tan pueriles como el afán de reconstruir una flatulencia de Marilyn Monroe (una labor que, según una noticia, parece haber sido el germen de la novela entera). Hay momentos en que Proyecto Piel se convierte en precisamente el estereotipo que yo tenía de Coelho: el misticismo aguado de la autosuperación.

Y aquí es oportuno describir el segundo nivel de la obra de Coelho, además del plano literario. Me refiero a la dimensión temática. Fue en este aspecto que me llevé una sorpresa. Las dos novelas de Coelho que he leído no son compendios de anécdotas rosáceas sobre la importancia de quererse a uno mismo. No son, tampoco, materialismos disfrazados de espiritualismo, como en el caso de esa teología sin dioses que se llama El secreto.

El alquimista y El peregrino navegan por terrenos de oscurantismo y cristianismo, ofreciendo destellos de saberes ocultos en los cuales Coelho parece ser un fiel creyente y un devoto practicante. Es tan lleno de magia y de espíritus El peregrino, por ejemplo, que conozco a una monoteísta que resultó espantada por elementos que consideró insoportablemente herejes. Esto no era en absoluto lo que me esperaba de Coelho cuando lo empecé a leer. Me sorprendió que discursos extensos sobre la Alquimia, o sobre la Tradición, se hubieran constituido en plantillas que muchas personas han utilizado para sus propias vidas laicas… y también llegaron a ser el soporte de libros cuyas ventas son descomunales. La propuesta de Coelho en estos libros no es un ejercicio de introspección para practicar un domingo de cada dos, y así garantizar la prosperidad, sino una serie de compromisos con un fuerte bagaje de creencias que para muchos de sus lectores debieron resultar cuando menos exóticas. En el esfuerzo por hablarle a la gente común, Coelho no renunció a sus saberes arcanos. El efecto es muy distinto que el de otros libros de autosuperación.

Hay ideas concretas que son dignas de consideración, en un mundo dado a mercantilizar todas las esferas de la existencia y a imponer ritmos deshumanizantes a cambio de promesas de estabilidad cada vez más difusas. También es bueno que la gente recuerde priorizar, vencer temores, mirar las cosas desde otros ángulos, es decir, cosas que pueden parecer básicas pero que la vida diaria tiende a hacernos olvidar.

Esa fue mi sorpresa con estos libros de Coelho, y por eso ya no tengo la misma imagen que antes tenía. Aun así, a ese joven escritor que mencioné al principio le recomendaría nuevamente que empiece a leer otros autores cuanto antes.

2 comments:

  1. Fede, yo no he leído a Coelho, pero honestamente no me causa náuseas, simplemente no me atrae y si me regalaran un libro suyo, lo regalaría a mi vez. Sin embargo, por mi trabajo de bibliotecaria, considero que mi función principal o lo que le da sentido a mi oficio es hacer de puente entre el lector y el libro. Para mí, en un primer momento, lo importante es que la persona se amiste con la lectura, así sea por intermedio de Coelho y, como en mi sitio de trabajo tiene muchos adeptos, pues, hace un tiempo, compré todos los libros suyos que encontré y... vieras el éxito, las personas que nunca antes habían venido a la biblioteca a sacar un libro, hacían reservas de los libros de él.
    No soy experta en literatura como la mayoría de las personas que escriben en tu blog, pero mi posición es esa: si para llegar a Saramago hay que pasar por Coelho, pues a conseguirlo.
    En cuanto a Londoño, ese sí que es un empalagoso,cuando uno lee sus columnas, casi puede sentir cómo le chorrean por las comisuras de los labios las mieles del éxito de sus libros. No lo soporto y no lo compraría jamás, ni para mí, ni para la biblioteca.

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  2. A mí Coelho tampoco me atraía... ni me atrae mucho luego de haber leído dos de sus libros. Lo que cambió en mí después de leerlo fue básicamente la impresión que tenía de este autor en términos del contenido. Yo no me esperaba a un escritor tan lleno de creencias ocultas, creencias que riñen con el secularismo light o la religiosidad light de muchos de quienes se han apropiado de trozos aislados de las obras de Coelho para, no sé, motivar vendedores (esto me consta: vi una compañía que utilizaba frases de El alquimista en folletos motivacionales destinados al cuerpo de ventas). Mejor dicho: ya no tengo la misma idea de Coelho que tenía antes, aunque en términos de estilo y técnica sí creo que se queda muy corto.
    Ahora, con respecto a la labor de acercar a la gente a los libros, creo que hiciste bien en apostar por Coelho, si Coelho iba a llevar a la gente a la biblioteca. Sí creo que hay que dejar que la gente que no lee empiece por leer lo que sea, que luego, cuando se tenga más confianza, llegará a otras cosas. Una vez tuve un estudiante de primer semestre de universidad que me confesó que el único libro que había leído en los últimos años (qué mal habla esto del colegio del que se graduó) era El cartel de los sapos. Otro profesor que lo vio con ese libro le dijo que dejara de leer porquerías, que leyera cosas serias. No sé. Yo le dije que siguiera leyendo cuantas porquerías quiera, que luego llegará a leer otras cosas. Pero alguien que quiera escribir sí debe tratar de leer los libros más estilísticamente ricos posibles (sin que eso implique abandonar la lectura ocasional de textos más sencillos: hay que ser omnívoro al leer, como dicen).
    En cuanto a Londoño... Vuelvo a lo que acabo de decir sobre la necesidad de que un escritor lea autores buenos, y sólo recuerdo que Londoño, autor de la novela Proyecto Piel, ha dicho en sus columnas periodísticas que detesta leer novelas.

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