Wednesday, September 11, 2013

Mario Vargas Llosa, "Conversación en La Catedral"

Mario Vargas Llosa, Conversación en La Catedral (1969). Madrid: Punto de Lectura (2001), 755 pp.

Una de las mejores formas de darse de cuenta de que la literatura es, en últimas, cuestión de gustos es recibir una recomendación enfática de alguien para leer un libro… y seguirla. A veces uno sale contentísimo con el libro y agradecido con la recomendación. Los gustos coincidieron. Genial.

Pero no siempre es así. Viví algo de eso con la novela Conversación en La Catedral, de Mario Vargas Llosa. Alguien —un buen lector y buen amigo, en cuyo criterio confío— me la recomendó en términos tan elogiosos y urgentes que parecía un llamado a dejar el padrenuestro a la mitad para sentarse en una silla a pasar las páginas del libro.

Bueno, no lo hice así al pie de la letra, pero finalmente la leí. Con el prólogo de 1998 me divertí al ver que Vargas Llosa la terminó de escribir en 1969 en Puerto Rico, el mismo lugar en el que yo empecé a leerla varias décadas después. Nos dice también el prólogo que “ninguna otra novela [le] ha dado tanto trabajo” (p. 9). De cierta forma, ese es el problema: también les da trabajo (innecesario) a los lectores. El autor tenía un muy buen matorral de historias entre manos. No necesitaba enmalezarlas con tantos juegos técnicos. Pero me estoy adelantando.

La historia marco, en la que se insertan las demás narraciones de la novela, es una conversación alicorada entre un joven de las élites de Lima, Santiago Zavala, y un hombre del campo a quien describen como zambo y que se llama Ambrosio. Se conocen porque, años antes de la conversación que le da el título a la novela, Ambrosio trabajó un largo tiempo en la casa de los Zavala. Se sientan a conversar en La Catedral, un sitio “de pobres” (p. 29) donde Ambrosio suele ir a comer.

Este encuentro desata la narración, y en las siguientes 750 páginas nos enteramos de intrigas políticas, rencillas personales, amoríos, desamores, abusos y hasta asesinatos que ocurrieron en los años previos a ese encuentro en La Catedral.

Uno de los aspectos más interesantes de la novela son los comentarios sobre la dictadura y la futilidad de la política en América Latina. Son observaciones compactas y aguzadas, como estas: “Aquí cambian las personas, teniente, nunca las cosas” (p. 69); “Cuando la gente de trabajo se abstiene y deja la política a los políticos el país se va al diablo” (p. 171).

Las descripciones más desgarradoras fueron sobre la realidad social, la desigualdad, la injusticia. Las descripciones de las perreras, cerca del inicio de la novela, son muy bien trabajadas. Y mi escena favorita es una que captura espinosamente bien la infinita crueldad con la que se preserva la desigualdad social en América Latina. Ocurre justo después de que Santiago Zavala se casó con Ana, una joven enfermera que no viene de las élites. La familia de Santiago se enteró del matrimonio y Santiago va, a regañadientes, a visitar a su familia. Lleva a Ana, que está muy emocionada de conocer finalmente a sus suegros y cuñados. El resultado es un predecible desastre. La escena está en la cuarta parte, en la primera sección del capítulo V (pp. 678 a 686).

Dije que la novela pone a los lectores a trabajar. La textura de la novela es muy modernista, tanto así que aparece escrita en un sólido 1925 por alguien que ha leído cuatro veces el Ulises de Joyce y no puede superar el éxtasis que le produce el episodio 11, el de las sirenas. Alguien dijo que la literatura modernista era más para ser estudiada que leída, y hay algo de eso en Conversación en La Catedral.

Un ejemplo: “¿En serio?, le dijo Amalia, y él pero apareciste y caí de nuevo, en la casa nadie sabía que tú tenías tus cosas con Amalia, dice Santiago, ni mis hermanos ni los viejos, y Trinidad a besarla, y ella suéltame, mano larga, y Trinidad te quiero, pégate, que te sienta, y Santiago ¿por qué a escondidas?” (108). He resaltado en cursiva las partes que pertenecen a la conversación entre Santiago y Ambrosio. Lo demás es una historia aparte, contada por un narrador omnisciente. Pero no hay una correspondencia nítida entre las distintas esferas: aunque Santiago y Ambrosio hablan sobre la relación que Amalia tuvo con Ambrosio, la historia que cuenta el narrador es sobre una relación que se formó luego entre Amalia y Trinidad. Y cabe anotar que los diálogos se presentan muchas veces sin los forros que brindan los signos de puntuación, uno tras otro.

Esto se mantiene a lo largo de la novela, y uno se acostumbra, claro, como a todo, pero hay que reubicarse con cada giro: del pasado al presente y de vuelta, de un diálogo a otro, de un pensamiento a un diálogo. Los recursos llaman mucho la atención sobre sí mismos; distraen. A veces siente uno que la historia pasó por una licuadora antes de llegar a la imprenta. Visualmente, es como ver toda la historia a través de una cámara como la de la película Cloverfield. Si Los detectives salvajes es fragmentada, sus fragmentos son suficientemente grandes como para poder armarlos, tipo rompecabezas; Conversación en La Catedral se rompe en pedazos mucho más pequeños, que se mezclan y se mezclan, casi polvo.

No la recomiendo, al menos no para una persona que tenga una vida ajetreada. Quizás una versión petit de la novela —una Conversacioncita mucho más eficaz— se podría armar con las partes tres y cuatro. Sería una novela de 350 páginas, no de 750, y empezarían de lleno con la escena del crimen: una mujer ha sido asesinada y al periodista Santiago Zavala le corresponde ayudar en la investigación para escribir un artículo. Todo el trasfondo de los personajes y la trama se puede deducir en el camino. Sí, sería una novela distinta, pero sería más ágil, más contundente. Esa sí la recomiendo.


2 comments:

  1. Me hizo reir la comparación con Cloverfield, y puede que tengas razón en que la estructura de la novela sea similar a las cámaras hand-held tan populares hoy en dia, pero que en realidad viene de mucho antes, con el French New Wave)... De pronto hay un ensayo ahí en algun lado; un ensayo que relaciona a Vargas Llosa del 69 con Godard y con el Jazz.

    A mi Godard no me mata, y no soy muy experto en temas de Jazz. Pero esta novela me encantó. Un reto de lectura que al final valió la pena.

    Fede

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  2. Gracias por el comentario, y por las instructivas comparaciones con el cine. Quizás Vargas Llosa quería reproducir eso que estaba conociendo en el cine y la música de esa época. Pero en términos literarios bastaría con tener por modelo a Joyce, que es bastante fragmentado en "Ulysses" e imposiblemente fragmentado en "Finnegans Wake", incluso mucho más que "Conversación en La Catedral".

    En todo caso, este de Vargas Llosa es un libro interesante, con mucho que destacar (y algunas buenas citas). No creo que le dé a uno el gusto de hacer descripciones suntuosas, de esas que a uno le provoca releer y releer. Quizás pudo haber aligerado la trama con una narración menos puntillista. Me hubiera gustado más así... y la hubiera recomendado más también.

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