Tuesday, August 27, 2013

Clara Rojas, "Cautiva"

Clara Rojas, Cautiva. Testimonio de un secuestro. Nueva York: Atria Español (2009), 244 pp.

Esta entrada es en realidad un epílogo para otra de hace unos días, sobre el libro de Ingrid Betancourt. Clara Rojas compartió gran parte de la experiencia de secuestro de Betancourt, pero sus obras muestran lo diferentes que pueden ser los testimonios de vivencias semejantes.

La textura de los libros es muy distinta. El lenguaje que usa Rojas es técnico, restringido, formal. Uno de los momentos más descriptivos del libro es este, sobre la noche en la selva: “En la selva, a partir de las 6:30 p.m. empieza a caer la noche, que tiene varias fases. Primero la del ruido, cuando emergen las chicharras, los grillos, las luciérnagas, los sapos y un sinnúmero de animales, que provocan a veces tal alboroto que se asemeja al tráfico. A eso de las siete, empieza a disminuir el estruendo y se impone la oscuridad, tan espesa que no se alcanzan ni a ver los dedos de la propia mano. De las ocho hasta las dos de la madrugada es la fase del silencio; y de las dos hasta el amanecer, la del frío” (pp. 43-44). Es ilustrativo comparar este párrafo con una descripción semejante que cité en la entrada sobre el libro de Betancourt.

Por ejemplo, ¿qué tal cómo empieza la descripción de Rojas, con una hora tan precisa? Luego, la categorización en fases hace de ese desorden nocturno algo nítido, clasificable, organizado. En vez de decir que el ruido es “como” el tráfico o que se “parece al” tráfico, la autora opta por una expresión más formal: “se asemeja al tráfico”. No estaría mal si fuera el único caso, pero hay formalismo en abundancia a lo largo de toda la obra.

Y el texto también se frena. En un momento, Rojas cita a alguien que dice esto: “Mire, Clara, si quiere lea mentalmente, que esa gente j… mucho” (p. 120). Supongo que la persona no dijo “j…”, sino “jode”, pero el texto parece incapaz de decirnos estas palabras de frente, sin tapujos.

Con frecuencia, el lenguaje se hincha con expresiones jurídicas. Cerca del principio del secuestro, hubo un mensaje que no se les compartió a los familiares de Rojas. En vez de decirnos que de ese modo “les negaron algo que ellos necesitaban saber”, Rojas dice que eso ocurrió “en detrimento del derecho a la información al que tenía derecho mi propia familia” (p. 51). ¿Notan lo cerca que está el primer “derecho” del segundo? Sí, es por la formación profesional de la autora, pero le quita oxígeno a la narración.

Quizás la falla fatal del libro de Rojas es que no se lee como una narración. Es cierto que Betancourt a veces desorganiza la cronología, pero en general nos mantiene sumidos en la maleza, el barro y los insectos de la selva de una manera dolorosa y sostenida. La impresión que varios me han compartido de su experiencia de leer No hay silencio que no termine es, precisamente, que uno comparte la angustia de estar allí en la selva en un suplicio que no parece tener fin… aunque uno sepa que lo tiene.

Clara Rojas sigue un camino diferente. Sí, a grandes rasgos, hay una cronología: el libro empieza con el secuestro y termina con la libertad. Pero a menudo Rojas opta por organizar las experiencias temáticamente (“La selva”, “La noche”, “La soledad”, etc.), y la estocada definitiva viene cuando nos suelta los desenlaces de los dramas en los que apenas nos estamos metiendo. Un ejemplo entre muchos: la nota al pie 61, en las páginas 214 a 215, nos dice sin más que Clara Rojas se reencuentra con su hijo, y hasta especifica el día en que esto pasa, pero la narración nos sigue hablando de la angustia por el reencuentro que ocurre veinte páginas después.

Eso hace que, junto con el lenguaje tan formal, a uno le cueste vivir la experiencia del libro. Claro, no es literatura, pero cuán desgarrador es el relato de Betancourt, y cuán sobrio es el libro de Rojas. Ambas vivieron experiencias horribles, y Dios quiera que con el tiempo se recuperen y hagan germinar sus dolores en vida. Pero, como estamos hablando de libros, es imposible no ver el océano de distancia que se abre entre ellos.

Cierro con esto: mientras leía el libro de Rojas, no pude dejar de pensar que lo que uno encuentra en estos textos es como la diferencia entre leer a Sócrates en Platón y en Jenofonte. Si uno llega al Sócrates de Jenofonte luego de haber leído el Sócrates de Platón, pareciera estar ante un desconocido que produce un tibio sentido de familiaridad. Algo así me pasó con estos libros. Si hay que escoger uno, aunque el tiempo esté apretado, recomiendo sin pestañear las 700 páginas del de Betancourt.


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