Saturday, July 27, 2013

“Los detectives salvajes”, de Roberto Bolaño

Roberto Bolaño, Los detectives salvajes. Barcelona: Editorial Anagrama (1998), 609 pp.

Bolaño. El nombre ya es casi inseparable de la literatura latinoamericana actual. Bolaño se ha vuelto un icono, una referencia obligada en las reuniones de escritores, un autor que aparece traducido en The New Yorker y discutido en el New York Times. Es más, para muchos no leer a Bolaño es un pecado, y debo confesar que es un pecado que cometí gustoso hasta hace un mes. Mi primer Bolaño, y quizás mi único Bolaño, es Los detectives salvajes.

Varias cosas me gustaron de esta novela. De vez en cuando (a ojo, diría que cada cuatro o cinco páginas) Bolaño nos deleita con una descripción perfecta. Puede ser de una ciudad, de una persona, de una obra. Esta la dice la hija de un hombre que se está enloqueciendo, y la considero fantástica: “Parecía como si mi padre siempre se estuviera desnudando, siempre quitándose cosas de encima, de buen o de mal grado, pero con tanta mala suerte (o con tanta lentitud) que nunca podía alcanzar la ansiada desnudez. Y eso, como es fácil de comprender, terminaba desquiciándolo” (187). Los momentos como este son bienvenidos, y nos ponen de presente la habilidad de Bolaño con las palabras.

También me gustó la estructura de la novela, que se divide en tres partes. La primera parte, de unas 150 páginas, es el diario de un joven escritor (Juan García Madero), hasta el 31 de diciembre de 1975. En el periodo descrito en el diario, García Madero conoce a Arturo Belano y a Ulises Lima, las figuras principales de un movimiento poético gestado en México: el real visceralismo. Vemos a García Madero pasar de ser un estudiante de Derecho que escribe poesía a ser un poeta que ni pisa la Facultad de Derecho.

La segunda parte de la novela (la más larga, de más de 400 páginas) comprende una serie de viñetas en las que distintas personas hablan la mayor parte de las veces en torno a Belano y Lima. Acompañamos a estos poetas en viajes que los llevan, juntos o separados, por Europa, por Centroamérica, por el Medio Oriente, por África. Las viñetas se extienden desde 1976 hasta 1996, y cada una está narrada en primera persona.

Finalmente, la tercera parte retoma el diario de García Madero, a partir de enero de 1976. Es la parte más breve, y nos muestra lo que pasó luego de que Belano, Lima, García Madero y una joven llamada Lupe escaparon de DF. Viajaron al norte de México en búsqueda de Cesárea Tinajero, una poetisa que, en la década de 1920, fundó un movimiento que también se llamaba el real visceralismo. Me gustó el final de la novela: es movido y hasta conmovedor. Un poco críptico, además.

La de Los detectives salvajes es, pues, una estructura muy contemporánea: polifónica, esquiva, juguetona, de fort-da con las expectativas de los lectores. Es interesante ver tantas voces diferentes y creíbles. Además, saber que vienen otras voces tiene sus ventajas: si uno se aburre de alguna, tiene la esperanza de que la próxima sea mejor. De hecho, unas pocas de estas viñetas funcionarían maravillosamente como cuentos independientes. Es el caso de la narración de Mary Watson (pp. 244-259), que me pareció la mejor. También es buena la historia de Heimito Künst (pp. 303-316). Si todas las viñetas fueran de ese nivel, Los detectives salvajes sería una obra maestra, y ni siquiera me hubiera detenido a escribir esto, sino que estaría leyendo 2666.

Pero he ahí algo que no me cautivó de la novela. Hay secciones enteras que son aburridas, alambicadas, efímeras. La viñeta de Xosé Lendoiro (pp. 427-448), un abogado que sazona cada párrafo con una cita inverosímil en latín, es soporífera. No aporta mucho a la trama, y de verdad que es un reto para la paciencia. Claro, alguien podrá tratar de justificar la sección diciendo que hay gente así, o que este pasaje hace una contribución esencial a la simbología de la novela. Pero si algo en una novela requiere una defensa semejante significa que no ha funcionado muy bien. No se defiende por sus propios méritos narrativos.

Algo que me sorprendió es que una novela tan polifónica, que sigue de cerca la vida de unos poetas, no incluyera dentro de su reparto de voces los poemas mismos que escriben los real visceralistas. No podemos palpar lo que escriben. No sabemos ni siquiera cómo escriben. Puede ser un vacío intencional, para que nos formemos nuestra propia idea del real visceralismo. Pero hace falta. El único poema real visceralista que vemos es un poema visual, casi jeroglífico, de Cesárea Tinajero (p. 400). La vida de estos escritores queda demasiado incompleta sin la obra a la que dedican tanto de su vida.

Una última observación sobre las viñetas, que no es una crítica, sino una duda: ¿a quién van dirigidas? Ya dije que todas están escritas en primera persona, y las produce cada persona como si estuviera respondiendo a la pregunta sobre cómo conoció a Belano o a Lima. Muy pocas veces vemos destellos del receptor o los receptores de estas conversaciones. Pero los hay. Aquí, por ejemplo, encontramos receptores, en plural: “¿Ustedes saben dónde está Liberia? Sí, en la costa oeste de África, entre Sierra Leona y Costa de Marfil, aproximadamente, bien, ¿pero saben quién gobierna en Liberia?, ¿la derecha o la izquierda? Eso seguro que no lo saben” (531). Más adelante, se trata de un solo receptor, que incluso interactúa con la persona que habla: “Claro, porque ya había habido otro grupo de real visceralistas, allá por los años veinte, los real visceralistas del norte. ¿Eso no lo sabía? Pues sí. Aunque de esos sí que no hay mucha documentación” (551). Si uno tuviera más tiempo e interés en la novela, valdría la pena explorar este aspecto con detenimiento.

En general, la obra satisface, pero no sé si valga la pena el esfuerzo de encumbrarse en más de 600 páginas de un texto que marcha despacio, a tientas. Dentro de la obra, un personaje describe una historia que se parece mucho a Los detectives salvajes: “el mexicano iba desgranando en un inglés por momentos incomprensible una historia que me costaba entender, una historia de poetas perdidos y de revistas perdidas y de obras sobre cuya existencia nadie conocía una palabra, en medio de un paisaje que acaso fuera el de California o el de Arizona o el de alguna región mexicana limítrofe con esos estados, una región imaginaria o real, pero desleída por el sol y en un tiempo pasado, olvidado o que al menos aquí, en París, en la década de los setenta, ya no tenía la menor importancia” (240). Lo que dice Joaquín Font sobre el lector desesperado (p. 202) también cabría como una reflexión sobre la novela.

En últimas, no soy capaz de compartir el entusiasmo de tantos que me han recomendado a Bolaño. Quizás parte del encanto para algunos lectores es que en Los detectives salvajes hay sexo por cantidades, en algunos casos descrito minuciosamente. Hace unos años, solía decir que de las páginas de los historiadores romanos que escriben sobre la época de Julio César brota tanta sangre que se nos untan las manos, se nos salpican los pies. De Los detectives salvajes brota otro fluido corporal, y en tales cantidades que pareciera que la vida de los escritores según esta novela se redujera a leer, tener sexo y escribir. Ocasionalmente también brota sangre.

Reducida a la mitad de las páginas, Los detectives salvajes habría sido una novela más atractiva. Bolaa ﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽años, yo mentente.tener que la vida de los escritores se redujera a ar profundo no porque naveguen o naden, sino porquño asumió un reto difícil, sin duda, al construir una obra completa, de tantas páginas, sobre un par de personajes que son tan indiferentes que llegan al silencio o la impotencia, que alcanzan el mar profundo no porque naveguen o naden, sino porque flotan y viajan a la deriva. Que con estos materiales Bolaño haya publicado una obra tan leída y tan comentada es un gran logro.


Tuesday, July 2, 2013

Your Last Piece Doesn't Write Your Next One



“In some twenty months, I had submitted half a dozen pieces [to the New Yorker], short and long, and the editor, William Shawn, had bought them all. You would think that by then I would have developed some confidence in writing a new story, but I hadn’t, and never would. To lack confidence at the outset seems rational to me. It doesn’t matter that something you’ve done before worked out well. Your last piece is never going to write your next one for you. Square 1 doesn’t become Square 2, just Square 1 squared and cubed.”

John McPhee, “Structure,” The New Yorker, January 14, 2013, p. 46
(abstract available here, on the New Yorker website)