Thursday, September 30, 2010

El libro electrónico al rescate de la literatura en español (2)

Continúo con lo que empecé en la entrada anterior.

No quiero decir que la literatura electrónica vaya a salvar a todas las editoriales, o que el número de escritores profesionales con ingresos dignos se vaya a multiplicar. Es más, hay preocupaciones legítimas sobre la forma en que se han asentado los ebooks. Sin embargo, la literatura digital sí puede acercar a cantidades de lectores a muchos libros antes imposibles de conseguir. Y también puede producir nuevas fuentes de ingresos para los escritores. La pregunta es cómo dirigir esos ingresos hacia los autores.

Se han desarrollado algunas adaptaciones a los cambios en el acceso a la literatura. Dos de ellas las ha implementado un escritor puertorriqueño, José Borges; para la primera, usaré como ejemplo a Carlos Castillo Quintero, un escritor colombiano.

Carlos Castillo tiene un libro de cuentos llamado Carroñera y otras ficciones perversas. Cuesta entre 10 (portada blanda) y 16 (portada dura) dólares. Más los fletes, y ya sabemos el problema que pueden representar los fletes. Estos ejemplares impresos del libro se venden por Lulu y, por estar en Lulu, al menos ya los libros se pueden obtener —en principio— desde cualquier lugar del mundo. Pero ese mismo libro de Castillo, en versión electrónica (un archivo en PDF), vale 2 dólares. Cero fletes, cero tiempo de espera, cero impacto ambiental por el papel y el transporte y demás. Sumémosle a eso que el precio es tan atractivo que uno se puede debatir entre comprar ese libro o un dulce.

Es más, últimamente me ha dado por decir que, si siguen las tendencias actuales, la literatura se va a dulcificar: la gente comprará libros como compra dulces. No lo digo ni con histeria ni con júbilo. Creo que para allá va la cosa… si no es que ya es así para muchos compradores de libros, y la tendencia simplemente se va a profundizar. Tal vez por eso a mucha gente le preocupa poco que un libro pueda desaparecer del Kindle, como de hecho puede pasar. Los dulces se comen y sólo sobrevive la experiencia que uno tuvo con el dulce. El libro se consumiría y únicamente sobreviviría la experiencia de leerlo. Pero suficiente sobre eso. Vamos a Borges.

La primera de las estrategias de José Borges es una invitación honrosa. En su blog, pone a disposición varios de sus cuentos y luego nos invita a hacer la donación que consideremos apropiada. La estrategia es ingeniosa, aunque no creo que sea suficiente para financiar una carrera profesional. En otros contextos, podría generar lógicas interesantes. Si hubiera aplicado ese criterio a las antologías que reseñé hace poco, hubiera pagado con entusiasmo por dos de los cuentos, y con menos entusiasmo por seis o siete más.

Aquí viene la segunda estrategia de adaptación: Borges ahora vende, por 99 centavos de dólar, uno de sus cuentos para el Kindle: “El desahucio - un cuento de Santurzi”. Basta entrar a Amazon y descargarlo.

Nuevamente, con una estrategia como esa, se podrían generar lógicas virtuosas. Por ejemplo, el cuento nos tendría que atrapar desde el sample, o de lo contrario no seguiremos leyendo. Así, en el inicio el cuento no sólo se juega la atención del lector, sino la posibilidad de cualquier compensación. Es el modelo que hoy impera en la música, pero aplicado ingeniosamente a los cuentos.

Borges no está solo en esto. Fernando Trujillo Sanz, un autor a quien yo no conocía, vende por Amazon tres de sus “historias”. (¿Cuentos? ¿Novelas cortas? La extensión es difícil de determinar). No hay ninguna razón para creer que otros no van a seguir esta ruta. Y es exactamente lo que debería pasar.

Con obstáculos de menos (geográficos, económicos), se facilitaría la labor de llegar a los textos que ansiamos leer. Por ejemplo, si las obras de Pedro Mairal estuvieran disponibles en Lulu o en Amazon, yo compraría una tras otra. Puede que esto no lo vuelva rico, pero seguramente yo no sería el único que, con clics en vez de billetes en librerías, le ayudaría a un buen escritor a recibir ingresos con los que no hubiera contado. Y así, además, el archipiélago literario de América Latina podría fusionarse.

No quiero terminar con una nota tan optimista. Porque hay un riesgo en todo esto. El problema con la calidad de los cuentos sigue ahí, pero no es una novedad del formato electrónico. El riesgo con la nueva tecnología es que la calidad literaria empeore aún más y que el cuidado de la edición sencillamente se derrumbe.

Ahora cualquiera puede atacar un teclado dos horas, hacer un par de clics y vender su cuento en Amazon. Es más, la accesibilidad de la publicación digital puede convertir ese proceso en una tentación irresistible (hablé algo de eso en las conclusiones de La agonía del cuento). Un buen escritor, acostumbrado a dejar que los textos se enfríen, y acostumbrado a hacer las revisiones rigurosas que un buen texto necesita, puede también sucumbir y cargar textos crudos a Internet. Si lo hace suficientes veces, ya no podremos tomar una obra de ese autor con la seguridad de que va a ser buena.

Y así el problema del escaso acceso a los textos buenos puede mutarse en el lío de saber escoger entre las millones de posibilidades que se abrirán. Pero prefiero buscarle una solución a ese problema. Ya es hora de que la literatura en español se meta de lleno con la literatura digital.

Wednesday, September 29, 2010

El libro electrónico al rescate de la literatura en español (1)

“En la mayoría de los casos, un escritor chileno sabe tan poco de la literatura ecuatoriana como de la vietnamita”. Esta cita de Andrés Neuman (Pequeñas resistencias 3 [2004], p. 38) es una de tantas permutaciones de un lamento que se oye con frecuencia sobre el archipiélago literario que es América Latina. De verdad que es difícil saber desde Colombia, por ejemplo, lo que se publica en Venezuela o en Perú.

Muchos dicen que la solución, aunque parezca paradójica, es pasar por España para cruzar una frontera dentro de Latinoamérica. Neuman también tiene una objeción a esa posibilidad, y es válida: “los libros impresos en España suelen ser inaccesibles al cambio en moneda nacional”. El libro que estoy citando, por ejemplo, cuesta 22 euros, que al momento de escribir esto son 27 dólares y más de 50,000 pesos colombianos. No es un costo exagerado (como sí lo suele ser el de los libros de Gredos), pero por ese precio es fácil encontrar tres libros en Amazon y comprar tres novelas de Punto de Lectura en Colombia.

Y eso que faltan dos retos formidables. El primero es encontrar el libro. Dentro de mi cacería perpetua por antologías de cuentos, intenté conseguir una de cuentos peruanos sobre viajeros: Pasajeros perdurables. Fue editada por Seix Barral, así que pensé que sería accesible. Ni modo: no se vende en Amazon (salvo por un corsario que quiere vender una copia a casi 80 dólares), y no está ni siquiera registrada en AbeBooks o en Casa del Libro.

El segundo reto es recibir el libro. En muchos casos, el costo del envío excede con creces el costo del libro. Me pasó hace poco con un libro que me interesaba. Supe de su publicación desde el 4 de julio. Al principio, no salía nada en Amazon, y Casa del Libro me cobraba 10 dólares por el libro y 30 por los fletes. Opté por esperar. Finalmente, alguien ofreció un ejemplar en Amazon y lo vine a recibir el 22 de septiembre. De todos modos, me tocó pagar un precio más alto del normal.

Y esto no me pasa sólo a mí. La diáspora latinoamericana es abundante. Por Facebook reaparecen compañeros del colegio que ahora viven en sitios tan distantes como Hong Kong y Japón. Para nadie es un misterio que en Europa y Estados Unidos hay miles de latinoamericanos que tienen que reprimir su sed de conseguir libros hasta entrar en la órbita de las librerías que los venden. Una persona que vive en Suiza me contó hace poco que viajará a Colombia con una lista de libros que lleva meses preparando.

Todo esto se traduce en algo: si fuera más fácil ubicar la buena literatura en español, y si fuera más fácil obtenerla, habría millones de personas interesadas en conseguirla. No podemos contar con que las barreras arancelarias y de distribución se desmoronen pronto. Pero no hay que esperar hasta que eso pase. Lo que tiene el potencial para evaporar esas barreras ya está a la mano, y no me deja de asombrar que no se use al máximo. Me refiero, claro, a los ebooks. Sí, todo el mundo ya lo sabía. Pero quiero resaltar los efectos que pueden tener para el panorama literario del español.

Se alargó esta entrada, así que en la próxima seguiré con el tema.

Wednesday, September 22, 2010

La agonía del cuento en ebook


Terminó la agonía del cuento. Me refiero a la serie de notas, que empezó con una presentación general y seis pasos después llegó a una reseña de Se habla español. Por cortesía de HermanoCerdo, la serie se transmutó en un ebook. Confieso que me gustó mucho esa idea, porque justo cuando ha ido en aumento mi entusiasmo por los ebooks me encontré incursionando en ese mundo.

La idea nació con René López Villamar y, gracias a su eficiencia y apoyo, en una semana ya se había convertido en un documento que se puede descargar en EPUB y MOBI. Ambos formatos están disponibles a través de esta página. Si no pueden abrir esos archivos, el software Calibre (disponible aquí) funciona muy bien. Kindle for PC, una creación de Amazon, también sirve para el formato MOBI (de hecho, es el programa que yo uso para los libros electrónicos).

En todo caso, si les ha gustado la serie, les recomiendo el ebook. Aunque el grueso del libro electrónico lo constituyen las siete notas de las últimas semanas, hay otras cosas en el ebook. Por ejemplo, la serie arranca con una versión adaptada de una reseña del año pasado, sobre El nuevo cuento latinoamericano. Y principalmente recomiendo el ebook por las conclusiones. Los tres párrafos de conclusiones que cierran la última de las reseñas se convirtieron en tres páginas. Allí, les presto más atención a los problemas con la trama, y le doy más énfasis a la importancia de tener en cuenta a los lectores.

Gracias a la piara por convertir todas esas notas en un ebook.

Tuesday, September 21, 2010

Se habla español

(Se publicó primero en la revista HermanoCerdo, aquí)

Concluyo este recorrido con la más vieja de las antologías que he reseñado: Se habla español. Voces latinas en USA. La publicó Alfaguara en el año 2000, y la editaron dos escritores cuyos cuentos también formaron parte de la colección: Edmundo Paz Soldán y Alberto Fuguet. Todos los 36 textos, uno por autor, están relacionados con Estados Unidos de alguna forma.

Ciertos tipos de cuentos se repiten en la antología. Por ejemplo, encontramos experimentos insípidos, con episodios más o menos aislados que se unen alrededor de todo tipo de estructuras, como un diccionario de Spanglish o el cascarón de un ensayo académico que hospeda un diálogo entre el autor y un amigo. Se incluyeron numerosas historias de profesores, como “Esperando en el Lost and Found” (81-88), de Santiago Vaquera Vázquez. También hubo algunas de escritores, como “Seven veces siete” (171-175), de Francisco Piña. De hecho, dos obras con esta temática fueron mis favoritas de la antología; las describiré al final.

Varios textos usan una forma que se ha tornado demasiado usual en los cuentos estadounidenses: un relato cotidiano, típicamente urbano, que termina en una epifanía de baja o mediana intensidad. Uno de los paradigmas dentro del género es “Cathedral”, de Carver, un cuento excelente, aunque los exponentes contemporáneos de este género rara vez lo son. En la antología, los textos de Edmundo Paz Soldán y de Iván Thays son ejemplos de ese tipo de obra.

El lenguaje de las historias de esta colección vuelve a ser un problema, como lo ha sido en los demás libros que he comentado. Varios cuentos le hicieron honor al título de la antología, y en su español se alcanza a percibir claramente el relieve del inglés, como si nos mostraran el papel carbón con el que se pasó de un idioma a otro. Este es un buen ejemplo, donde es casi inevitable traducir mentalmente la oración al inglés, aunque el cuento fue escrito en español: “No dijeron nada en el camino; los niños discutiendo de vez en cuando y su padre callándolos a gritos si consideraba que estaban siendo irritantes” (240; Álvaro Enrigue, “Ultraje”). If he thought they were being, un giro usual en inglés, necesitaría una traducción menos literal para naturalizarse en español.

En muchos textos, la maleza de los adjetivos y los adverbios crece tupida entre los sustantivos y los verbos. No se trata de una cacería caprichosa de esas palabras. El problema es que a muchos adjetivos y adverbios los reclutan para tratar de remediar los problemas con un sustantivo mal escogido o un verbo débil. Cuando eso pasa, la prosa languidece. Y, al abundar los adjetivos y los adverbios, el texto se torna florido, el lector se distrae y uno recuerda una vez más el sensato consejo de Chejov a Gorki.

Ya he mostrado ejemplos en las páginas anteriores. Pero veamos este caso: “Se acercó a la cajera, una obesa mujer que poseía, como única y suficiente belleza exterior, un par de ojos verdes de conmovedora, intensa dulzura” (55; Edmundo Paz Soldán, “Faulkner”). Hay demasiados adjetivos (de las últimas 20 palabras, 7 son adjetivos). Pero no es sólo eso. Hay adjetivos antepuestos (obesa mujer), algo que tiende a llamar la atención sobre su lirismo. Los hay amontonados adelante y detrás del sustantivo (única y suficiente belleza exterior). Algunos sobran (es evidente que los ojos son muestras de la belleza exterior, salvo que la descripción indique un tipo de belleza distinto). Otros se traslapan (¿una dulzura conmovedora no comparte ya mucho terreno con una dulzura intensa?). Además, hay mucha abstracción: la imagen que la oración comunica depende de tres palabras, que cargan todo el peso descriptivo.

Algunos ejemplos de descripciones problemáticas son menos extremos, pero necesitaban una palmada en la espalda. Por ejemplo, “quizá la pobreza de la realidad radica en su imposibilidad de recurrir” (203; Celso Santajuliana, “American Dream”) hubiera sido mucho más ágil con unos pocos ajustes: quizá la realidad es pobre porque no puede recurrir. Así, en vez de sustantivos con frases preposicionales, la oración podía optar por verbos. Puede parecer un cambio menor, pero uno de los fines de un cuento publicado es que todas sus oraciones funcionen de la mejor manera posible.

Pasemos a los textos que destaco de la antología. Hay momentos divertidos y bien pensados en “Más estrellas que en el cielo” (113-122), de Alberto Fuguet. Incluye este símil que me pareció muy expresivo: “Todo huele a jacarandás y magnolias, creo, algo intenso y tropical y exótico, como bailar con una chica sudada que estuvo estrujando mangos” (113; aunque el creo le quita mucha fuerza a la oración). De los cuentos que he leído de Fuguet, este es el que más me ha gustado.

“Ángel de la guarda” (179-187), de Alfredo Sepúlveda, está a poco de ser un drama familiar efectivo. Hay que remover ciertos deslices, como cuando estamos intentando descubrir cuál es la relación entre dos personajes y el narrador interviene para decir que ella es “su ex mujer” (182). Julio Villanueva Chang espesa bien, con detalles, las oraciones de “We’re Not in Kansas Anymore” (191-200), pero el cuento casi no se mueve, y el grado de información que domina el narrador en primera persona es inverosímil. Jordi Soler produjo unas buenas oraciones en “El intérprete” (259-263).

Jorge Volpi presentó un extracto de Klingsor titulado “Teoría de juegos” (215-227). El extracto genera interés en la suerte de los personajes, pero requiere paciencia. La exige, por ejemplo, por el lenguaje recargado: “una sinuosa mancha parda” (222). También por el academicismo: “el orgasmo era sólo una consecuencia necesaria de los cálculos esbozados desde el inicio” (217). Igualmente, la requiere por las comparaciones con las que se deleita Volpi, y que a veces no funcionan muy bien, como este símil mixto: “El profesor se movía en torno a la pizarra con la agilidad de un hipopótamo, anotando las fórmulas como un cavernícola que dibuja un búfalo en el interior de una caverna” (225).

El oficio de Silvana Paternostro es evidente en “Northern Ladies” (269-279). Maneja el relato con suficiente crudeza y suficiente ingenuidad para mantenernos interesados en la cirugía de reconstrucción de himen sobre la cual la narradora se está informando. Dos cosas sobre el cuento. Primero, algunas oraciones necesitaban ajustes, como esta, que acumula vagones de frases preposicionales hasta que se descarrila: “La primera vez que fui al ginecólogo, habían pasado años desde que había visto las manchas marrones en mi interior de algodón blanco cuando volví a casa la noche en que por primera vez sentí un pene adentro” (274). Segundo, la historia interesante se convierte sin aviso en una diatriba de género, incluso con una cita de Octavio Paz sobre las mujeres (faltó la famosa cita de Aristóteles). Hubiéramos llegado emocionalmente a esos mensajes y esas protestas, sin necesidad de enunciarlos. El texto sólo necesitaba concentrarse en la historia.

Como había dicho, dos cuentos sobre escritores me parecieron los más logrados de la colección. Uno de ellos es “El pasado” (153-159), de Martín Rejtman. Es un cuento sólido, que usa un lenguaje sobrio y muy fluido, y se adelanta de un momento interesante a otro, sin la dilatadora decencia de las transiciones. En “El pasado”, acompañamos al narrador a visitar en Chicago a una hermana de quien él se ha distanciado. El viaje está lleno de disgusto y desapego, y estas sensaciones se dejan ver en escenas, en lugar de ser descritas en abstracto. El momento final, inesperado e inesperable, es deliciosamente desorientador. Una trama más fuerte produciría un cuento más llamativo para el público en general, pero Rejtman logró manejar muy bien este texto dentro de sus propios parámetros.

El segundo es “El continente de los elogios” (329-336), de Naief Yehya, otro cuento de escritores que por eso mismo tal vez no seduzca a un público muy amplio. No obstante, me gustó cómo la ácida desilusión del narrador se choca contra el optimismo hipereficiente de uno de los personajes. El odio del narrador se transmite de una manera palpable. Se vuelve claro que las críticas que el narrador presenta contra Nueva York y la literatura latina de esa ciudad no son más que protestas contra la vida literaria que él ha llevado en Nueva York. Hay un giro de metaficción al final que no era necesario. A pesar de eso, es un cuento fuerte.

Vuelvo entonces a la conclusión con la que empecé. Hay buenos cuentos. Hay buenos cuentistas. Pero la gran mayoría de los cuentos que leemos en español son borradores que no debieron haber llegado a nuestras manos. Debieron haber permanecido recluidos en un cajón o una computadora mientras se sometían a revisiones y más revisiones. No es fácil vencer el deseo de compartir o vender esos textos, pero el resultado de caer en la tentación es un mercado endeble, poblado por cuentos con imperfecciones corregibles.

Las imperfecciones se podrían corregir conversando sobre la trama con otras personas, revisando el lenguaje sin misericordia, recortando el cuento a una fracción de su extensión para luego dejarlo regenerarse de otra manera. Las fallas con el lenguaje nos pueden generar malestares más que todo entre otros escritores y literatos. Pero lo primero, la trama, es lo que les llega a los lectores.

Los escritores pueden seguir con más experimentos para mostrar lo brillantes que se ven al usar este recurso o este giro, y hay mucho de eso en las antologías que he reseñado. Sin embargo, como dijo hace poco James Wood sobre David Mitchell, por más experimental que un texto sea, requiere una buena historia para ser memorable. Eso depende de los autores. Y de los autores depende también que el cuento deje de recibir la espalda en las editoriales y el ninguneo de los lectores. ¿Qué de malo tiene escribir cosas que la gente quiera leer y comentar y compartir?

Los centroamericanos

(Se publicó primero en la revista HermanoCerdo, aquí)

Luego de terminar con Pequeñas resistencias, volvemos a América Central, esta vez a una antología de autores centroamericanos publicada en Guatemala y editada por un centroamericano. El libro se llama Los centroamericanos (antología de cuentos) y lo editó José Mejía, quien escogió los veinte cuentos, uno por autor. Alfaguara lo publicó en 2002, un año antes de que saliera al mercado el segundo volumen de Pequeñas resistencias.

Hay algo de la política editorial que me disgustó: Mejía incluyó comentarios sobre cada autor y cada cuento antes del texto. Mucho menos despótico es Seymour Menton, que los agrega al final del cuento en su antología El cuento hispanoamericano. En estas notas de Los centroamericanos, Mejía nos intenta contagiar de su emoción por un texto, pero suele compartir detalles e interpretaciones que predeterminan la lectura del cuento. En vez de criticar el contenido de estos comentarios, me limito a compartir una muestra del lenguaje que se usa en ellos: “Escritura de límites, libérrima, anarquizante y no menos virtuosa, sus meandros van reconquistando tierna, dolorosa, existencialmente, un pasado perdido, tan olvidado a medias como inolvidable, donde la vida impone sus derechos, ajena a todo moralismo convencional” (147).

Me gustaría dejar de hablar de los problemas con el lenguaje de los cuentos, pero vuelven a manifestarse en esta colección. El lenguaje con frecuencia se hace muy pesado: adjetivado, adverbiado, recargado. Algunas oraciones parecen de otro siglo. Dos ejemplos: “¡Aleluya y cada quien con la suya! Los burdeles son hogares y epitalamios de los marinos trashumantes” (159; Ernesto Endara, “La renuncia”); “Ha llegado, expansiva, los ojos brillosos, un poco despeinada, su minifalda negra ajustadísima, las piernas torneadas, morenas, tentadoras, quizás aún erizadas por el tacto de unas manos sin duda demasiado ansiosas” (283; Horacio Castellanos Moya, “Solititos en todo el universo”). En el último ejemplo, pareciera estar citando la oración con la que Chejov le expresó a Gorki la importancia de escribir sin muchos adjetivos y adverbios. Dentro de la misma línea, destaco esta rima que se incrustó en una oración: “yo acababa de cumplir los veinte y sentía la muerte en la acera de enfrente” (319; Rodrigo Soto, “Uno en la llovizna”).

A algunos autores les encanta abastecernos de comentarios generales que no armonizan con el cuento. Es algo que he llamado la glosa. Por ejemplo: “El hombre acostumbra considerarse como un niño mimado por lo divino. Llega a creerse merecedor a la gracia, al amor de Dios, a los milagros” (70; Joaquín Pasos, “El ángel pobre”); “La tragedia del latinoamericano consiste en caminar con los zapatos húmedos. Es que necesitamos un poco de calor bajo las suelas” (101; C. F. Changmarín, “Seis madres”).

En uno de los cuentos de la antología, hay una buena descripción de lo que se siente al leer varias de las oraciones que he citado: “nuestros escritores aún no han salido del embarazoso romanticismo epiléptico que canta la virtuosa santidad y excelsitud de las cosas” (111; C. F. Changmarín).

La antología presenta una gradación desde cuentos casi costumbristas hasta textos vanguardistas o al menos de una narración más ágil. Podríamos incluso hablar de mitades. La primera mitad del libro nos obliga a padecer unos textos poco digeribles. La excepción es Monterroso, cuyos cuentos son finos y bien pensados. No obstante, todos los textos de Monterroso publicados en la antología son conocidos e incluso están cómodamente disponibles en Internet.

¿Por qué entonces este disgusto que he declarado con la primera parte? Por ejemplo, “El clanero” (35-50), de Francisco Méndez, parece el resultado de tomar “A la deriva”, de Quiroga, y ver cuán tedioso y lento se podría tornar. “Herenia, la lejana” (55-61), de Ramón H. Jurado, es un relato de ciencia ficción sin ritmo cardiaco. “Seis madres” (97-125), de Carlos Francisco Changmarín, es un texto largo que flirtea con la diatriba política, con el cuadro costumbrista lastimoso, con la metaficción. En él, un escritor busca un tema para ganarse un concurso porque necesita con desespero el dinero del premio; uno cuenta los minutos para que pierda el concurso y termine el relato.

En la segunda mitad, hay mejoras. “Uno en la llovizna” (319-328), de Rodrigo Soto, logra una voz juvenil y dinámica. En “Batallas lunares” (359-374), de Uriel Quesada, me gustó la imagen de las cosechas “herrumbradas por los hongos” (361).

El largo “fragmento” titulado “Vallejo” (199-242), de Sergio Ramírez, ofrece un personaje llamativo (Vallejo), sobre el cual teje una historia que nos mantiene con suspenso (¿miente o dice la verdad?). Pero hay divagaciones extremas, desde oraciones fagocitarias que se devoran la página entera hasta paréntesis que se abren para justificar el uso de un cliché. Si no fuera por esas divagaciones, y por el lenguaje tan frío y cauteloso, sería una buena historia. Antídoto (y sé que no es nuevo el antídoto, pero no por eso es menos saludable): abreviar el texto a la mitad; de esta nueva versión, abreviarla de nuevo a la mitad. El resultado sería mucho más sólido.

Jacinta Escudos, en “Pequeña biografía de un indeseable” (307-314), logra un texto cuyo lenguaje es casi inobjetable. Sin embargo, a partir de la mitad (precisamente en la página 310), la historia pierde el aliento. El narrador en primera persona se torna inverosímil. Mejía, en su nota inicial al cuento, dice que este recurso es una “anomalía controlada”, una “coquetería de estilo” (305), pero lo veo más bien como una anomalía que, al igual que la trama, se salió de control. El cuento acaba de afán y sin tanto interés como el que despertó al inicio. No obstante, es de los mejores textos de la antología.

Dos de los autores que más me gustaron en el volumen centroamericano de Pequeñas resistencias le aportaron cuentos a este libro: Claudia Hernández y Maurice Echeverría. “Color del otoño” (333-344), de Claudia Hernández, es una pieza hipnótica, un híbrido de un relato policiaco y el surrealismo. Hay un día en el que todas las personas llamadas Margaritas se suicidan. Hay fechas asignadas para morir (que producen comentarios macabros y críticos como este: “Uno puede dejar pendiente cualquier cosa, pero no el pago de impuestos por muerte, sin eso no le está permitido suspender la respiración” [341]). Hay diez secciones, y el inicio de cada una está encadenado con el final de la sección anterior (y el final del cuento con el inicio, también). Hay un muy buen diálogo doble y simultáneo, entre dos personas que no se hablan, pero que conversan a la misma vez con el investigador (335-336). Y hay más virtudes. De los cuentos experimentales que he leído últimamente, es el que más me ha gustado. Con una trama más intrigante, con personajes mejor desarrollados, cautivaría más… pero también sería un cuento tan distinto que perdería muchas de sus fortalezas. El relato de Echeverría en la antología, “Ascensor” (349-354), también es experimental. Sin embargo, a pesar del talento y el oficio del autor, el cuento no fue de mis afectos.

Hasta ahí la antología. Con la próxima nota, cierro esta serie al pasar a cuentos sobre y desde Norteamérica.

Wednesday, September 15, 2010

Pequeñas resistencias (cuatro)

(Se publicó primero en la revista HermanoCerdo, aquí)

Con el cuarto volumen de Pequeñas resistencias, el enfoque pasa a Norteamérica y al Caribe. Así, en menos de cuatro años se completó el recorrido por el mundo iberoamericano. Haberlo hecho en tan poco tiempo es una hazaña. El cuarto volumen continuó con el criterio editorial que fue más común en la serie: los autores debían haber nacido a partir de 1960 y publicado por lo menos un libro de cuentos. Se escogieron cantidades distintas de textos de cada país: tres de República Dominicana, tres de Puerto Rico, seis de Cuba, nueve de México y nueve de Estados Unidos. Con estos treinta escritores, la serie alcanzó el total de 170.

Los tres editores del volumen destacaron la variedad de los cuentos y los autores, y también se refirieron a la dificultad de publicar ficción breve. Uno de ellos comentó que, por las demoras para publicar los libros de cuentos en el mercado latinoamericano, los libros de cuentos en México “funcionan mejor como repertorios desiguales y desparramados que como propuestas sólidas o contundentes[;] se trata más de biografías de su creador que de obras en el sentido más preciso de la palabra” (22).

Yo añadiría algo a esa apreciación, en la línea de lo que he planteado como la conclusión de estas reseñas: la tradición de publicar antologías personales, motivada en parte por el afán y en otra parte por el frío recibimiento comercial que los autores anticipan para el cuento, ha empobrecido significativamente los cuentos disponibles en el mercado literario. En una antología que reseñaré más adelante, un autor mexicano de 24 años reportó haber publicado tres libros de cuentos. Si son biografías del creador, son nanobiografías. Y uno se pregunta cuántos de esos textos pasaron por los filtros que fortalecen a las obras literarias, y cuántos pudieron añejarse lo suficiente para convertirse en textos maduros. No es que no existan obras brillantes escritas por autores así de jóvenes, o escritas de prisa. Tampoco es que las antologías personales sean el objeto de una maldición. Pero la abundancia de esas antologías, junto con la tibia acogida que suelen recibir entre los lectores, es un síntoma del problema.

Pasemos de lo general a lo concreto. Como en otros volúmenes, y especialmente el primero, pululan demasiados ejemplos de experimentalismo estéril, ni memorable ni entretenido. Algunos parecen escritos con el desgano de quien no quiere perder el tiempo con personajes e historias, sino brincar directamente al canon literario.

Hay otros textos empeñados en rescatar el ritmo oneroso de ciertos narradores del siglo diecinueve. Por ejemplo, en los cuentos “La dársena” (149-158), de Javier García, y “Darjeeling” (159-168), de Ignacio Padilla, no hay ni un solo diálogo que interrumpa la marcha marcial de los párrafos densos y muchos de ellos extensísimos. Cantidades de cuentos no pueden escapar del embrujo borgiano, como lo dice uno de los textos de la antología: “Hasta aquí todo parece, o quiere parecer, un cuento de Borges” (216; Alberto Garrandés, “El hombre de Uqbar”).

El lenguaje vuelve a ser un problema, como en los volúmenes anteriores. Abunda el lenguaje rígido y anticuado, palpable en estas oraciones: “Luego de pesquisas inquisitoriales, el azar dio indefectiblemente con la respuesta” (226; Ronaldo Menéndez, “Menú insular”); “Nimbada por los apagados reflejos de cacerolas muy bruñidas, atónita, sin querer creer en mi aparición […] me miraba una mujer” (55; José Manuel Prieto, “My Brave Face”); “afianzaba su suave y níveo pie que fosforecía alrededor del esmalte violáceo metálico” (291; Elidio la Torre Lagares, “Cenotafio”). En el siguiente ejemplo, además de la pesadez producida por el desfile de adjetivos y palabras fuera de lugar, hay una molesta rima interna que he resaltado en cursiva: “poseía una fortaleza que disimulaba su bonhomía, una forma de servilismo inveterado en el que quizá se había cultivado un resentimiento callado” (155; Javier García Galiano, “La dársena”).

Lamentablemente, no encontré un cuento excelente en este volumen. Pero hay textos que llaman la atención, por diferentes razones. “Manual de autoayuda para chinos” (113-123), de Rosa Beltrán, viaja con soltura usando un narrador en segunda persona (que recuerda la voz de Lorrie Moore en Self-Help). Ana Clavel enlaza una serie de episodios aislados en “Cinco hombres y un desnudo” (125-130). El lenguaje es intrigante, con un lirismo efectivo y unos pasajes bruscos, que te obligan a leer dos veces: “Este hombre despierta mi hombre” (127), por ejemplo, o: “Su rostro emergió excitación entre mis piernas” (128).

“Meteoros 1: aire” (131-139), de Álvaro Enrigue, fue escrito con excesiva prudencia, pero maneja el suspenso de manera eficaz. “La vida real” (169-180), de Eduardo Antonio Parra, refresca el lenguaje con unas descripciones bien pensadas, y me hubiera capturado más si no se hubiera estancado en tantos flashbacks. En “El último verano de Pascal” (181-189), Cristina Rivera-Garza produjo un pequeño bildungsroman ubicado en la Nueva Era, y con unas pocas revisiones más habría logrado un cuento sólido. “Prisionero en el círculo del horizonte” (195-204), de Jorge Luis Arzola, presenta un carrusel de sospechas y desprecios que resulta divertido y, al final, inquietante.

“Promesas” (205-213), de Jesús David Curbelo, es un entretenido testimonio de las ansiedades por las que pasa un aspirante a escritor. Aunque el texto es ágil, el lenguaje es pesado tanto por la selección de palabras (“José Ignacio se aprestaba a ripostar” [206], la lechera “elucubra” [210], la tarea es “ciclópea” [211]) como por las construcciones verbales (“resultábale” [205], “contentáronse” [209]). Otro cuento sobre escritores es “El viejo, el asesino y yo” (243-261), de Ena Lucía Portela; aunque reflexiona en exceso, y a veces se engolosina con el lenguaje pesado, algunas de las observaciones son buenas (“¿Podría escribir un libro enteramente de ficción? ¿Acaso puede existir semejante libro?” [255]).

Así, terminan mis reseñas sobre Pequeñas resistencias; las próximas dos notas son sobre antologías distintas. Sin embargo, es alentador saber que la serie se resiste a dejarse extinguir. Ya se anunció, a través de Andrés Neuman, que se prepara un quinto volumen con los cuentos publicados por escritores españoles en la primera década del siglo. Espero que con ese volumen nos podamos sentar a disfrutar los nuevos brotes del cuento. Todo dependerá, claro está, de los autores.

Sunday, September 12, 2010

Pequeñas resistencias (tres)



(Se publicó primero en la revista HermanoCerdo, aquí)

Llegué al tercer volumen de Pequeñas resistencias con expectativas muy altas. Para empezar, las cifras eran dicientes: los volúmenes anteriores habían seleccionado entre 45 millones de personas (España) y entre 42 millones de personas (los seis países centroamericanos recogidos en el segundo volumen). En los nueve países suramericanos del tercer volumen, los editores podían escoger entre más de 195 millones de habitantes. Eso se traduce en una mayor cantidad de potenciales escritores. Y, más allá de eso, estaba el prestigio del que gozan los cuentos de Suramérica, especialmente de Argentina.

Los criterios editoriales en este volumen retornan a los del primero de Pequeñas resistencias: la edad importa (son escritores nacidos desde 1960) y cada autor debe haber publicado por lo menos un libro de cuentos. Como en el volumen anterior, se recoge un cuento de cada autor, lo que hace que las muestras fluctúen: por ejemplo, de Claudia Peña y de Inés Bortagaray se publicaron textos de dos páginas, mientras que de Martín Kohan uno de catorce. El número de cuentos por país también varía, desde un mínimo de cuatro textos (Bolivia, Ecuador, Paraguay) hasta un máximo de ocho (Argentina).

Hay nueve editores en el libro, uno por país. Se incluyó un cuento de cada editor, y además cada uno se encargó de seleccionar a los demás autores de su país. Entre algunos editores, aflora una visión trágica sobre el panorama editorial del cuento. Vásquez señala que “[l]a crítica, en Colombia, es inexistente” (31). Padilla reporta que “Bolivia no es un país que pueda tener escritores profesionales” (34). Muchos apuntan hacia la presencia de practicantes del género, pero resaltan la indiferencia con la que los reciben en las editoriales (salvo que presenten o prometan una novela).

Antes de seguir, he aquí la única crítica que haré sobre exclusiones e inclusiones en estas antologías: ¿cómo se pudo haber quedado por fuera Pedro Mairal? Mairal ya había publicado en 2001 su libro de cuentos Hoy temprano. El cuento epónimo, “Hoy temprano”, es un texto sólido que hubiera ayudado mucho a perfilar la selección de cuentos argentinos en Pequeñas resistencias. Hasta ahí la crítica.

En el libro, hay algunos modelos y temas recurrentes. Si en el volumen anterior sobraba la formalidad, en este caso ha sobrado la frialdad. Muchos adoptan para piezas enteras, o para trozos significativos de una obra, el tono laborioso de un ensayo. Por otro lado, se incluyeron varios cuentos de narradores en primera persona que se pasean frenéticos, muchas veces con droga en los bolsillos, por distintos contextos urbanos. No es infrecuente que se asomen la política o el clasismo en los márgenes de varias historias, pero casi ninguna es de manera explícita “social” o “política”. (El cuento de Alberto Barrera Tyszka explora muy bien la relación entre literatura y política de cara al ascenso del chavismo en Venezuela).

Algunos cuentos se sienten lentos por el lenguaje, que es acartonado o esclerótico. Un sencillo ejemplo, al parecer inofensivo: “El mesón donde escribía Pérez de Albéniz estaba colmado de dibujos extraños. Sin duda había estado trabajando toda la noche: un tazón de café derramado y colillas de cigarrillos esparcidos por todos lados atestiguaban mi apreciación” (172-173; Max Valdés, “El festín de la náusea”). El cierre de la oración es pesado, sin necesidad de serlo. Pero sobresalen dos cosas más importantes. En primer lugar, hay palabras que sobran, y en la ficción no debería sobrar ni una. Lo segundo es que muchas de ellas sobran porque el narrador insertó una explicación innecesaria, que presenta una conclusión a la que llegaría el lector si tan sólo le hubieran presentado los elementos. Esas oraciones se podrían combinar y así remover al locutor: “El mesón donde escribía Pérez de Albéniz estaba colmado de dibujos extraños, un tazón de café derramado, colillas de cigarrillos”. Al leer eso, ¿quién no pensaría en una maratón de trabajo que duró toda la noche? No necesitábamos el codazo del narrador.

Otros ejemplos no son tan sencillos, pero sí igual de nocivos: “Desde su entrañable probidad, el ayo de Nerón, el trágico y el orador, el sabio y rico comerciante, cavila dulcemente sobre los errores y torpezas del pasado” (216; Enrique Serrano, “El día de la partida”). Hay que señalar la cacofonía con la que rico se atropella contra comerciante (ambas sílabas átonas, lo que es peor). Y también el empeño por usar polisílabos menos usuales donde los seres humanos usaríamos voces más ligeras: cavilar para decir pensar, por ejemplo. Además, la suma de frases por aposición que imprimen una cadencia lírica, pero estática (“el ayo de Nerón, el…”). Y la escogencia de adjetivos y adverbios que sacrifican descripciones capaces de generar impresiones en los lectores: ¿cómo es la entrañable probidad? ¿Qué le aporta a la escena? ¿O el hecho de cavilar dulcemente? ¿No sería mejor un gesto que comunique la dulzura? No me detengo en esta oración por ser impertinente. Lo hago porque es pertinente: muchas oraciones dentro del libro se podrían criticar de igual manera. No seguiré amontonando ejemplos concretos.

No obstante, uno encuentra descripciones muy bien logradas. Me gustó, por ejemplo, esta comparación: “la piel de sus manos parece un empapelado húmedo que ya no adhiere muy bien a los huesos” (69; Anna Kazumi Stahl, “Un error inocente”). La sencillez evocativa de esta oración es un acierto: “Llega una noche de tormenta de viento. Es un silbido permanente, una molestia constante de cosas empujadas hacia otro sitio” (82; Martín Kohan, “El sitio”).

Hay buenos proyectos, ideas que merecen destacarse. “Un verdadero mago” (135-141), de Roberto Fuentes, está bien planteado, aunque se excede en sentimentalismo. Incluye esta sencilla pero efectiva descripción: “A veces pensaba que la piel de su cara jamás se había arrugado, ni chupando limón me lo imaginaba haciendo una mueca” (138). “La magia del Joe Domínguez” (183-193), de Pedro Badrán Paduí, maneja de manera consistente una voz coloquial interesante. Algo semejante logran los narradores de “Despidiendo a Felipe” (291-301), de Carlos Dávalos, y “Vacaciones en el Hyatt” (315-325), de Santiago Roncagliolo. Aunque hay que reconocer la proeza de Juan Carlos Botero, en “Entonces” (195-204), de redactar una sola oración fluida que ocupa nueve páginas, ese mismo ánimo experimental le resta interés a la trama (y al lector, el aliento). La historia es suficientemente fuerte como para contarla sin maromas verbales. Antonio Ungar, en “La desintegración de mi abuelo” (219-226), desintegra la historia, pero la voz con la que lo hace, con mucha soltura y humor, merece ser destacada. Ricardo Sumalavia alcanzó en “Última visita” (327-336) una intriga casi austeriana, que con un lenguaje más dinámico habría sido un texto sólido.

Más allá de los proyectos sobresalientes, la antología contiene algunos cuentos buenos. “Infierno grande” (85-91), de Guillermo Martínez, es uno de ellos. Es un relato sedado sobre un pueblo en el cual la llegada de un joven desata una serie de rumores. El texto pudo haber sido narrado en presente y desde escenas concretas para convertirlo en un cuento muy fuerte. El final, en todo caso, es formidable. Otro cuento bueno es “El hormiguero” (367-373), de Henry Trujillo. Virtudes: maneja efectivamente la tensión, la voz del narrador es bien construida, la historia es llamativa. Pero empieza en un momento débil (si no describiera la procesión, agregaría tensión y pasaría directo al eje de la historia), la cronología falla en algunos detalles y además hubiera ayudado presentar siquiera algunos chispazos de personificación. Finalmente, otro buen cuento, que ya mencioné, es “Escritores famosos” (377-383), de Alberto Barrera Tyszka. Me recuerda del mejor cuento que he leído de Nam Le. Barrera explora de manera eficaz la forma en que la literatura puede aprovecharse de la política.

Lo mejor de la antología es un cuento excelente: “Marvin” (93-104), de Gustavo Nielsen. Es un cuento sutil, muy gracioso y bien planteado. Mi única objeción es el principio, que podría acelerarse. La trama es sencilla, sobre un mago ambulante que llega a una pequeña escuela de pueblo y escoge para su acto mágico a la niña de quienes todos se burlan. Después de eso, las cosas cambian, y la maestra pasa un largo tiempo buscando reencontrarse con el mago. El lenguaje del cuento es sugerente sin ser florido, y es creíble como la voz de la narradora. Además, las descripciones son específicas, con los detalles precisos para caracterizar a los personajes o evocar un lugar. El personaje de la mamá de Anita, por ejemplo, es todo un logro: desde las alpargatas que siempre llevaba puestas hasta la obsesión con los hongos en la comida. 

Thursday, September 9, 2010

Pequeñas resistencias (dos)

(Se publicó primero en la revista HermanoCerdo, aquí)

Una particularidad del segundo volumen de Pequeñas resistencias, comparado con el primero, salta a la vista: nos encontramos ante el doble de autores. Son sesenta escritores en este segundo volumen, tomados en igual número de seis países: Costa Rica, El Salvador, Guatemala, Honduras, Nicaragua y Panamá.

Vemos también otras diferencias con el primer volumen: ya no hay poéticas personales (qué bueno), se incluye un solo cuento de cada escritor y hay autores de edades más variadas. Lo último se debe a que no fue un requisito que los escritores hubieran nacido en cierta fecha, sino que hubieran publicado cuentos desde 1960.

El efecto de seleccionar un solo cuento de cada autor es significativo. Al permitirnos leer múltiples textos por escritor, el primer volumen de Pequeñas resistencias daba cuenta de un autor y de una voz narrativa. En el segundo volumen, nuestro contacto con el escritor depende de un solo texto (ojalá el mejor que cada autor hubiera publicado hasta entonces). Otra consecuencia de esta política es que el espacio para cada autor varía de manera considerable: hay cuentos de dos páginas (p. ej., Julieta Pinto, “Música del silencio”), pero también hay otros de dieciocho (p. ej., Carlos Cortés, “Inferno”). Esto no es necesariamente una ventaja para quienes ocuparon espacios más grandes: las tres páginas de Jacinta Escudos me dejaron con interés de leer su obra, mientras que las dieciocho de Carlos Cortés me privaron del interés de leer más.

Veamos algunos de los defectos que se repiten en la antología. Por ejemplo, hay una recurrente falta de escenificación: varios cuentos pasan página tras página resumiendo largos episodios, en lugar de dramatizar ante los lectores los elementos importantes. Como en el primer volumen, muchos diálogos buenos se perdieron al presentarlos de manera indirecta. Hay notables excepciones, como “Los papeles perdidos” (135-140), de David Escobar Galindo, y “Cementerio de carros” (146-151), de Rafael Menjívar Ochoa, donde los personajes tienen licencia para hablar y lo hacen de una forma convincente.

Varios narradores reparten observaciones sobre la vida en momentos y en formas que interrumpen el flujo de la narración. Por ejemplo: “si el temor a la impotencia es uno de los más graves fantasmas que merodean al espíritu masculino, el adulterio cometido por la esposa es la total abominación” (62; Samuel Rovinski, “El dulce sabor de la venganza”). He criticado esto antes como glosas aforísticas (aquí).

En ocasiones, estas glosas se hinchan con un ánimo lírico fuera de contexto: “La mujer, definida ancestralmente como sombra, como lo otro, perfectamente puede aspirar y querer ser el cuerpo” (84; José Ricardo Chávez, “La mujer oculta”).

Y el ánimo lírico con frecuencia enferma a la prosa y la vuelve grandilocuente: “el repugnante engendro piloso acudía presto” (72; Myriam Bustos Arratia, “La otra araña”); “le pareció que era lo que faltaba en aquella reunión de machos: un complemento, o mejor dos, femeninos, que ejercieran una distorsión en el alambicamiento turbio de una jornada solitariamente alcohólica” (260; Julio Escoto, “Relato primero del fotógrafo loco”); “Se sintió embriagado de una ebullición que le causó escoriaciones en la cualidad fruitiva y le adhirió un sabor” (344; Carlos Midence, “De puras interpretaciones”). ¿A qué lectores tienen en mente esas oraciones?

El manejo de las metáforas y los símiles siempre requiere prudencia, y a menudo en la antología el estilo ampuloso que he mencionado interfiere con las comparaciones y las hace fracasar. Dos ejemplos: “El mal humor de Oscar era para Margarita la manifestación de una fijeza parecida al tallo de cualquier gramínea que jamás alcanzaría el velo ruidoso de la luz cósmicamente abstracta” (270; Galel Cárdenas, “Margarita en la casa del viento memorioso”); “él mismo era una estrafalaria clepsidra en forma de hombre sedente” (307; Lisandro Chávez Alfaro, “Vestido de agua”). En ciertos cuentos, no queda más que decir que tanto el lenguaje como los temas son excesivamente formales, casi decimonónicos.

Pero no en todos. Es más, a pesar de los defectos anteriores, me sorprendió de este volumen la notable cantidad de buenos cuentos, una bienvenida diferencia con el tomo anterior de Pequeñas resistencias. Tal vez esto se debe a que el editor amplió la base de selección de los autores.

Empecemos con algunas ideas y propuestas sobresalientes. “La calle del Turco” (43-50), de Alberto Cañas, está narrado con una mesura destacable, aunque excesiva. En “La otra araña” (70-75), Myriam Bustos Arratia tuvo una excelente idea, pero le urgía eliminar tanta explicación innecesaria y decantar mejor (mucho mejor) las descripciones. Rodrigo Soto manejó eficazmente una escena bajo el agua en “Un día en la playa” (110-116), y alcanzó así el germen de un buen cuento. “Cementerio de carros” (146-151), de Rafael Menjívar Ochoa, hace un uso efectivo de los silencios.

Varios cuentos usaron bien los recursos del misterio y el terror, como “Ojos amarillos” (155-160), de Salvador Canjura; “Carretera sin buey” (161-162), de Claudia Hernández; “Monja de clausura” (165-168), de Ana María Rodas; y “El congelador” (173-180), de Víctor Muñoz. Algunos manejaron el misterio sin ceder a la tentación de dar explicaciones, y se acercaron así a ser textos verdaderamente memorables.

Esto nos conduce a los dos mejores cuentos del volumen. “Asunto de ciegos” (181-186), de Méndez Vides, es un muy buen cuento con un muy mal primer párrafo. Si retiramos ese párrafo, encontramos una narración fina que muestra la tensión de un escritor que sufre el lastre de su primera novela. Además, hay un juego muy ingenioso con un secreto sufrido y nunca revelado.

Finalmente, está “Hospital” (213-222), de Maurice Echeverría, un cuento exquisito. Sigue a un narrador internado en un hospital por una “crisis nerviosa, una cosa por el estilo” (213). Los días pasan, las personas pasan, los pensamientos pasan. Todo se filtra por una narración suntuosa, que culmina en un clímax anestesiado pero contundente. Echeverría lo manejó muy bien. Las descripciones capturan el ánimo del personaje, tienen un agudo sentido del ritmo y hacen gala de un lenguaje bien labrado (a veces, eso sí, con palabras demasiado bruñidas). Este es un buen ejemplo de la textura narrativa: “Retrocedo, y en no sé cuál tartamudeo de gestos, hago rodar un vaso. El vaso gira, en un momento cae, en algún momento se quiebra. Estoy en la mitad de la habitación, detenido, en pánico. Así permanezco por varios minutos, como en un paréntesis insoportable y sedicioso” (217). Vale anotar la forma ingeniosa en la que el vaso cae en la segunda oración, de la mano de la puntuación y de las sutiles repeticiones al inicio de la segunda y la tercera frases. Otro ejemplo, más breve: “Me he cansado ya de caminar en los pasillos, y sentirlos adelgazar detrás de mí” (220). He criticado en esta reseña muchos excesos de lenguaje florido, y lo volveré a hacer en otras. Sin embargo, el texto de Echeverría es un modelo del lenguaje descriptivo, lírico incluso, utilizado de manera magistral.

Pequeñas resistencias (uno)

(Se publicó primero en la revista HermanoCerdo, aquí)

No se equivoca uno de los editores de Pequeñas resistencias cuando dice, en el prólogo al tercer volumen, que la serie se convirtió en un “atlas del cuento contemporáneo en lengua española” (13). Al cierre del cuarto volumen, la serie había recopilado 214 cuentos de 170 escritores, a lo largo de 1,679 páginas. Es un proyecto ambicioso.

Pequeñas resistencias buscó presentar un retrato del cuento hispanoamericano contemporáneo, a partir de autores nacidos desde 1960. (El segundo volumen se aparta de este criterio). Varios de los escritores pasaron a integrar con mucho prestigio el mundo de las letras en España y América Latina. Uno de ellos es Andrés Neuman, a quien la serie identifica como “padrino y mentor” (V. 3, p. 15). Neuman llegaría a ganarse años después el Premio Alfaguara de Novela, y es una presencia constante en Pequeñas resistencias: autor y editor en el primer volumen, editor en el tercero, prologuista en los demás.

No lanzaré aquí las críticas usuales contra las antologías: la inclusión de X o la exclusión de Y (haré una excepción en el tercer volumen). En cambio, me concentraré en los cuentos que sí fueron publicados. En este primer volumen, dedicado a autores españoles, hay algunas propuestas interesantes. Pero más que todo hay mucha experimentación insulsa, muchos relatos en borrador, muy poca atención a las historias y al lenguaje. Con base en ese tipo de desencuentros, he planteado esta conclusión: la culpa de que los cuentos no les lleguen a los lectores y no motiven a los editores recae sobre los cuentos mismos, es decir, sobre los autores.

Había dos criterios para seleccionar a los treinta autores de este primer volumen: debían haber nacido a partir de 1960 y debían haber publicado por lo menos un libro de cuentos. La antología recoge uno o más cuentos de cada autor. Además, incluye unas páginas de poética, una declaración de los principios artísticos de cada escritor frente al cuento. De los cuatro volúmenes de Pequeñas resistencias, este es el único con esa poética personal. Y es un despropósito. Casi todas las poéticas son vacías y hacen una elegía o una visita breve a los principios básicos del cuento. De hecho, así lo diagnosticó con acierto Hipólito Navarro en su propia poética: “las poéticas del cuento […] no pueden hacer otra cosa que repetir de manera más o menos brillante o lamentable argumentos ya muy masticados” (167). Algunas de las declaraciones de este volumen no hacen ni eso. Su principal efecto fue quitarles el espacio a otros textos que hubieran podido fortalecer la colección. Tal vez por eso los editores de las próximas antologías recapacitaron y las omitieron.

No obstante, destaco la poética de Rodrigo Fresán, que consistió en una sola y alusiva oración (“Cuando la novela despertó, el cuento todavía estaba ahí” [151]), acompañada de tres páginas de notas al pie. Las declaraciones de Ignacio Martínez de Pisón (285-286), Félix J. Palma (345-347) y Felipe R. Navarro (411-412) fueron refrescantemente anecdóticas y claras. De los algo pomposos dodecálogos de Andrés Neuman (313-316), me gustó una oración: “En las primeras líneas un cuento se juega la vida; en las últimas líneas, la resurrección” (314). Y esta de Félix J. Palma alude a un punto que he señalado, y hace poco recomendado, en el blog: “los cuentos que me gusta leer son los que pueden contarse” (345), entiéndase, oralmente a otra persona.

Pasemos a los cuentos en sí. Hay muchos defectos, incluso algunos recurrentes. Numerosos cuentos desperdiciaron diálogos fuertes al presentarlos de manera indirecta, enterrados en párrafos largos de descripción. Los tropiezos del lenguaje y la desnutrición de las tramas son los problemas más comunes.

Sobre el lenguaje, hay tantos autores empeñados en un lirismo desmedido que conduce a resultados cuestionables. Encontramos buenos ejemplos de esto en el cuento “Tiempo de arena al que darle la vuelta” (112-115), de Guillermo Busutil. He aquí parte del primer párrafo: “el viento rolaba suave a poniente, ahíto de haber aullado contra las fachadas mediterráneas de los edificios y de su danza eólica entre los farolillos japoneses que adornaban la entrada a la fiesta estival” (112). No es fácil llegar despierto al final de la oración, que aúlla por estar ahíta de vocablos parnasianos. En ese matorral lírico, se oculta una redundancia: “el viento […] rolaba […] ahíto […] de su danza eólica”. Es como decir que “el perro emprendía una danza canina”. Además, la primera oración dice que la “fiesta estival” ocurre en julio. En verdad, las raíces cultas de las palabras eólica y estival no esconden estas repeticiones, que muestran la falta de paciencia al buscar opciones expresivas eficaces. Estos casos no son excepcionales, sino un síntoma de los malestares del lenguaje que abundan en la antología.

El segundo problema es la delgadez de las tramas. Si bien los defectos del lenguaje atormentan más que todo a los literatos y cuentistas, lo que atrapa al público en general son las tramas fuertes, las que se pueden contar. Y ese es un punto en el que los cuentos de la antología fallan con frecuencia. Las tramas brillan por diferentes tipos de ausencias. Las hay de un experimentalismo casi ilegible, como el de “Sucedáneo: pez volador (Relato en varios tiempos e higienes)” (173-183), de Hipólito Navarro, un cuento tomado de un libro aptamente llamado El aburrimiento. Los hay de un academicismo lento, como el de “La isla de los antropólogos” (460-467), de Iban Zaldua. Si hiciera el intento de reproducir la acción de esos textos, me iría muy mal con mis interlocutores. Y ahí está en parte la razón por la cual a muchos cuentos les va mal con el mercado de los lectores.

Sospecho que detrás de casi todos los problemas de estos cuentos se esconde una cosa: el afán. Se publicaron antes de tiempo, sietemesinos, con prisa por nutrir las antologías personales de los autores. Esta frase de uno de los cuentos describe el fenómeno muy bien: “tengo la sensación de que están a medio hacer, o escritos rápidamente” (371; Joaquín Pérez Azaústre, “El encargo”).

Lamentablemente, se necesita hacer un esfuerzo para encontrar cuentos sólidos. Juan Bonilla (96-106) y Carmela Greciet (222-235) tienen buenas ideas, pero a los textos recogidos en la antología les esperaban muchas visitas al quirófano para llegar a una versión más fuerte. Si “Un plato de lentejas” (53-62), de Nuria Barrios, se redujera a una tercera parte de las páginas, y se hubiera concentrado en el problema central, tendríamos un relato contundente. “Un malentendido” (84-86), de Felipe Benítez Reyes, mantiene una calidad hipnótica que con varias revisiones podría servirle de base a un buen cuento. “A la deriva” (241-244), de Josan Hatero, es un texto narrado con soltura y buen sentido de la trama, pero necesitaba pasar por unas cuantas versiones para hacerse más enfocado y más ágil.

Hay más aciertos. “Literatura” (275-277), de F. M., triunfa como un ejercicio breve de metaficción. Es un buen cuento. “Un incendio” (395-399), de Jordí Puntí, es ingenioso; el final es fuerte, y lo sería aún más si recortara las explicaciones. Care Santos, en “Mago responsable busca señorita soltera para chou” (429-437), logró una buena voz. Los dos textos de Eloy Tizón (444-454) acertaron con un buen ritmo, que evoca algunos cuentos de John Barth. Ángel Zapata (477-485) alcanzó una languidez y un dramatismo beckettianos.

Tal vez el texto más logrado, el que más se acerca a un cuento muy bueno, es “Historia de fantasmas” (127-132), de Gonzalo Calcedo. Su principal defecto está en el exceso: descripciones de más, explicaciones que sobran. Pero el texto avanza con paso firme y confronta una situación emocionalmente exigente sin caer en el sentimentalismo. De hecho, el texto juega con el género del cuento de misterio para presentar un relato realista y familiar. Bien logrado.

Una nota sobre la edición: es muy buena. Me sorprendió que hubiera tan pocos errores (los hay, pero no muchos) en un libro tan polifónico y tan abarcador. Es una sorpresa agradable, en vista de que los libros impresos por lo general hacen gala de muchos gazapos.

Presenté un retrato parcial, lo sé. Pero son casi quinientas páginas de cuentos, y muy pocos merecen comentarios individuales. Desde luego que se podría empezar una discusión acerca de textos concretos, sobre por qué fallan y dónde fallan. No es mi propósito hacer eso aquí. Procederé de una manera semejante con los demás volúmenes de la serie Pequeñas resistencias, que amplió su enfoque para abarcar las Américas. Las notas siguientes serán más breves, pero me concentraré en lo mismo: los cuentos.