Wednesday, February 17, 2010

Más corrección

Después de una mudanza, tres exámenes estandarizados y un fuerte caudal de trabajo, aprovecho un breve respiro para cambiar de tema un poco. Voy a ventilar el asombro (he escogido una palabra demasiado neutral) ante la despreocupación con la que uno encuentra una profusión de errores en el lenguaje diario, incluso en rincones que uno creería que los someten a un escrutinio más serio.

¿Acaso el equipo que redactó un aviso en un periódico cuya publicación costó varios miles de dólares no se dio cuenta de que exlusivamente lleva c? ¿Será que quienes invirtieron en el afiche a todo color que está colgado en la puerta de un famoso café no sabían que la expresión “lo volveremos hacer” se escribe con una a entre los dos verbos? ¡Y las novelas! Uno supondría que, con todo el trabajo mancomunado que representa publicar una novela, harían el esfuerzo de pagar una (o hasta más) correcciones; pero, cuando los errores pululan en el libro, uno tiene que preguntarse si de hecho le pidieron a un par de ojos bien entrenados que revisara el texto.

Desde luego, uno no puede ser exageradamente estricto: si hay un juego de palabras, vaya y venga; si es una situación debatida en la gramática, está bien asumir una u otra postura. Pero desde obituarios en periódicos prestigiosos hasta leyes de la República hacen gala de un desenfado sorprendente en la redacción.

Puede que sea que se está publicando más texto del que la humanidad es capaz de corregir: blogs, cambios de status en Facebook, periódicos, publicidad, libros de todos los temas y formatos. Es posible. Puede que incluso los que asumen el compromiso de pagar por correcciones profesionales estén sufriendo el peso de exteriorizar o tercerizar a los correctores (y por lo tanto no invertir en su —costosa— capacitación), como dicen por ahí.

En todo caso, anuncié que este era un breve ejercicio de desahogo, y lo voy a convertir en una serie de ideas que presento sin ningún orden específico y que recogen unas situaciones que he encontrado con frecuencia en la edición.

  • Hay que ser más descriptivo que la Real Academia, pero más prescriptivo que una mera consulta de uso en Internet (o incluso en el Corpus de la RAE). Las reglas gramaticales deberían tener una misión argumentativa: convencernos de la autoridad de quien las pronuncia, sin darla por sentada. En el terreno del inglés, donde no se levanta una Academia, crecen muchos ejemplos de textos que asumen esta carga de persuasión; un excelente ejemplo es el libro de uso de Bryan A. Garner.
  • Menos mayúsculas. No todo lo importante se escribe o se debe escribir con mayúscula (ni todos los cargos, ni todos los títulos). Hay idiomas —como el hebreo— que sobreviven muy bien sin mayúsculas. Bajo la influencia del inglés (donde las guías de estilo también recomiendan usar menos mayúsculas), Internet está lleno ahora de muchas más mayúsculas de las que se necesitan en español.
  • Se necesitan lecturas más contextualizadas. No sólo debe intervenir el prisma de la gramática y la ortografía, sino que debe pesar la redacción en un sentido amplio: la claridad, el tipo de texto (¿educativo?, ¿novela?), la disciplina en la que se escribe (¿matemáticas?, ¿literatura?), el público al que se dirige, la coherencia.
  • Que descanse en paz la idea de que la gramática es inaccesible y por lo tanto un asunto de fastidiosos y rígidos. Se puede explicar la regla sobre el plural o el singular de la palabra le sin remitirse a endecasílabos técnicos. Todo esto ayuda a comunicarnos mejor. Es ridículo pensar que la composición libre es agramática; claro que hay pecados creativos, pero los comete mejor quien domine lo normativo, no quien lo desconozca.
  • Más correctores, en todos los órdenes. Más correctores en los periódicos, en los pronunciamientos oficiales del Gobierno y en las leyes, en los anuncios publicitarios. No es tan difícil. ¿No es mejor pagar un filtro adicional con tal de evitar la vergüenza de presentar errores evidentes al público (y de paso difundir ideas erróneas del idioma)?
  • Bajémosle a la idea de que porque el lenguaje cambia no hay tal cosa como errores, sino diferencias en el uso. Una cultura tan hipertextualista como la nuestra puede registrar, sin grandes inconvenientes, tanto cambios como errores. Esta idea vuelve a la afirmación con la que empecé: no pienso jamás escribir güisqui, como dice la Academia, pero sí vale la pena evitar frases como “Eventualmente setiaremos la reunión para chatiar del ishu” (una frase muy parecida a la que escuché hace poco, de hecho).
Y eso fue. Bueno, luego seguirán las entradas más usuales. 

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