Monday, February 22, 2010

Ten Rules for Writers

I thought this piece in The Guardian was worth a post. It presents several decalogues (or partial decalogues) for writers, kicked off by Elmore Leonard's. Some are funny, some are trenchant, some are practical, others are whimsical. It's worth reading. You'll get nitpicky stuff (like avoid attaching adverbs to the verb said when writing dialogues, or avoid using then as a conjunction) to really earthy stuff like take two pencils with you on flights. Major authors pitched in with their own rules, from Diana Athill to Jeanette Winterson, including folks like Margaret Atwood, Jonathan Franzen, and Richard Ford.

Sunday, February 21, 2010

La artesanía del cuento


La artesanía del cuento. Manual de narrativa corta, de Francisco García-Moreno Barco (San Juan: Editorial Preámbulo, 358 pp.), es uno de los libros más largos que he visto sobre el tema de producir escritura creativa. Ni siquiera el temáticamente ambicioso manual del Gotham Writers’ Workshop alcanza las 300 páginas. Como puede esperarse por su extensión, el libro de García-Moreno es completo: hay capítulos sobre el cuento, el lenguaje, los tipos de narradores, los diálogos. Esa virtud es también una de las trampas del libro: La artesanía del cuento pretende ser una obra para usar en clase (en la universidad, preferiblemente), pero su extensión juega en contra de eso. ¿No se desanimará un estudiante —que está llegando a la escritura a través de un curso obligatorio— al toparse con discusiones tan extensas? O pensemos en escritores más avezados que toman el libro para mejorar su técnica: para ese otro público, los buenos consejos (ciertas distinciones conceptuales, la recomendación de evitar los verbos generalizadores, unos pocos de los ejercicios propuestos) se extravían en medio de mucho material creado para el contexto de cursos para principiantes. Así que el libro ocupa una posición peculiar.

No obstante esa posición, La artesanía del cuento tiene cosas rescatables. El libro hace un recuento interesante de una fracción de la literatura sobre el tema (confieso que esperaba que un doctor en literatura —como lo es el autor— fuera más allá en la sustentación). García-Moreno incorpora de manera fluida textos sobre la psicología de la escritura, sobre técnicas de revisión, sobre el acto de escribir. Como ya lo señalé, hay buenos consejos y algunos buenos ejercicios. Por ejemplo, el autor defiende una posición sensata sobre la originalidad (no se trata de hacer algo completamente nuevo, que es imposible, sino de hacer algo de cierta forma innovador).

El texto muestra algunos imperfectos en la presentación del material. Hay repeticiones innecesarias: por ejemplo, la discusión sobre el uso de los sentidos aparece de manera muy semejante en dos partes diferentes del libro, sin que la segunda le haga un guiño al lector sobre la existencia de la primera. Si bien el autor enfatiza la importancia del oficio y la transpiración para escribir, también cae en la adoración romántica de la inspiración de los autores (con todo y musa: “Sentarse a escribir es una especie de acto de espiritismo mediante el cual el escritor saca los fantasmas que lleva dentro” [34]; el “santuario” de un escritor “es un lugar apartado y secreto donde diariamente se encuentra con su musa y hablan en privado” [34]).

Coexisten posiciones enfrentadas con respecto al lenguaje; veamos dos ejemplos: “Nada en la pronunciación de ‘perro’ nos muestra al animal cuadrúpedo. La selección del término es arbitraria y podría haber sido cualquier otra” (127-128); “Cuando decimos ‘perro’ se nos viene a la mente un animal peludo, cuadrúpedo, que ladra, por lo que el nombre está unido indivisiblemente a lo que nombra” (226). Sí, podemos señalar diferencias en el alcance de la primera y la segunda citas, pero el énfasis que ambas ponen en el lenguaje es distinto. Además, inmediatamente después de la discusión sobre la arbitrariedad del término, nos encontramos con una página entera de ideas tan objetables como esta: “En el verso de Luis de Góngora ‘infame turba de nocturnas aves’ los golpes de la ‘u’ hacen caer sobre el verso dos intensos chorros de luz, pero de luz negra; la misma luz negra que inunda la palabra [sic] ‘lúgubre’, ‘luto’ y ‘luctuoso’” (128). ¿La “u” produce chorros de luz negra? ¿En qué siglo es que estamos?

Muchos de los consejos que ofrece el autor generarían algo que podríamos llamar literatura de curso. Parte de visiones algo osificadas de lo que debe ser la literatura: “mostrar, no contar”, por ejemplo, que ya es una fórmula bastante conocida; la idea de que un buen cuento tiene que empezar y terminar de cierta forma; una manera demasiado realista de entender el cuento (“El relato es un espejo de la realidad” [276]). No obstante, a veces surgen posiciones más flexibles; la definición del conflicto (238) es un ejemplo. Aunque el libro no se corresponde exactamente con ella, otros ya han criticado con acierto la literatura de MFA, que asume formas predecibles incluso cuando experimenta y que tiende a fabricarse para un público académico. En defensa del autor, sin embargo, este libro está dirigido precisamente a un curso de redacción a nivel universitario, así que no podemos ser muy estrictos al juzgarlo por presentar una visión tipo curso de la literatura.

A lo largo del texto, el autor usa creaciones propias para ilustrar algunas ideas, y no sé si esta sea una muy buena idea en el caso de un autor que todavía no reporta ningún libro de literatura publicado. Creo que hubiera sido más prudente ceder la voz de los ejemplos a otros autores (casos diferentes los de Revision, de Kaplan, y The Art of Fiction, de Lodge, ambos escritores consagrados al momento de publicar libros en los que usan sus propios escritos como ejemplos). Ahora, La artesanía del cuento sí contiene múltiples referencias a muchos escritores, desde James Joyce hasta estudiantes que han tomado los cursos de García-Moreno. El autor muestra una veneración irrestricta por Cortázar, tal vez seguida de una por Borges. En todo caso, el uso que hace de ellos ejemplifica bien muchas de las ideas.

Las críticas que he hecho no deben opacar un logro: este es un libro verdaderamente abarcador que abre un espacio respetable para la literatura práctica sobre cómo escribir, algo que en español hace mucha falta.

Thursday, February 18, 2010

Bestsellers: A Very Short Introduction

After reading John Sutherland’s Bestsellers: A Very Short Introduction (Oxford University Press [2007], 127 pp.), I really did feel like I had a better sense of bestsellers: key names, characteristics, where they came from and where they are probably going. Everybody is familiar with bestsellers, of course, and has probably read a few. This book takes a closer look at this (rather recent) phenomenon, both from a book industry perspective and from a (quote-unquote) literary perspective.

Sutherland’s book offers a wide take on bestsellers (common traits, audience expectations, market strategies that propelled them) as well as a more detailed, nearly decade-by-decade account of American and British bestsellers. These types of chapters read very differently, moving from a more structural to a chronological point of view. In fact, it seemed that these were two different books compacted uncomfortably into a single introduction.

Having said that, interesting ideas and witticisms dot the entire book (a sampler follows). The differences between the American and British book markets (America had a wider reading public, the Brits had a much more regulated boys’ club built around the selling of books) are described. The book ends with some predictions on the future of bestsellers (national bestsellers will give way to group preferences guided by blog buzz, the Internet, and nuanced product placement).

Sutherland’s book is, surely, an introduction. It feels like a tour of a huge coastline with two-minute stops at several beaches. Not all VSIs produce this impression. One cannot blame the author, though, for delivering what the title promised.

Here’s a handful of interesting quotes from the book (do read them, to get a taste of both the tone and the ideas):

  • “The great literary work may be, as Jonson said of Shakespeare, ‘not for an age but for all time’. The reverse is, typically, the case with the ‘best’ bestsellers. They are snapshots of the age” (3).
  • “There is no advance in the merchandising of books […] that America has not pioneered and brought to perfection” (4).
  • “Without the minting press and the printing press - and the currencies of wealth and ideas they put into circulation - the modern world would not have happened” (23).
  • “There are so many novels that even if one dedicated one’s whole life to reading them, and doing little else, one would - novel in hand one’s deathbed - only have scratched the surface of the fiction mountain” (25).
  • “It is tempting to see the bestseller in a polar relationship with ‘canonical’ fiction […]. But even their select contents are subject to tides (albeit slower tides) of fashion” (27).
  • “There is no copyright in ideas, scenarios, or narrative gimmicks. Even highly original (seeming) bestsellers can often be found, consciously or unconsciously, to be formed by what in the book trade is called ‘me-tooism,’ or what, in more censorious areas of intellectual life, would be called plagiarism. And, within this zone of free-for-all, there is much recycling” (39).
  • “The huge market opened up by the genre/pulp fiction factories was looked at, both enviously and disdainfully, by the ‘literary’ sector. William Faulkner (later a Nobellist) composed Sanctuary (1931) by asking himself what would sell 10,000 copies, then ‘invented the most horrific tale I could imagine and wrote it in about three weeks.’ The tale of sadistic rape and violence duly sold its expected quantity. Less cynically, Ernest Hemingway (another future Nobellist) absorbed an idiom strikingly like that of the ‘hard-boiled’ crime writers into his fiction” (58).
  • “[David] Seltzer [with The Omen] […] made the novelization (as practised by such masters of the art as Alan Dean Foster) critically respectable” (77).
  • “In the future, there will not be national bestsellers but ‘group preferences’ organized around web-connected readerships, supplied by web-retailers attentive to the group’s taste. This is the optimistic ‘long tail’ thesis - a sophistication of the mechanisms of choice which will render the ‘old-fashioned’ bestseller, and its last-century machinery, obsolete. In the future, readers will increasingly refine (or mature) their preferences, and suppliers will increasingly profile and satisfy their idiosyncratic needs” (111).

    Wednesday, February 17, 2010

    Más corrección

    Después de una mudanza, tres exámenes estandarizados y un fuerte caudal de trabajo, aprovecho un breve respiro para cambiar de tema un poco. Voy a ventilar el asombro (he escogido una palabra demasiado neutral) ante la despreocupación con la que uno encuentra una profusión de errores en el lenguaje diario, incluso en rincones que uno creería que los someten a un escrutinio más serio.

    ¿Acaso el equipo que redactó un aviso en un periódico cuya publicación costó varios miles de dólares no se dio cuenta de que exlusivamente lleva c? ¿Será que quienes invirtieron en el afiche a todo color que está colgado en la puerta de un famoso café no sabían que la expresión “lo volveremos hacer” se escribe con una a entre los dos verbos? ¡Y las novelas! Uno supondría que, con todo el trabajo mancomunado que representa publicar una novela, harían el esfuerzo de pagar una (o hasta más) correcciones; pero, cuando los errores pululan en el libro, uno tiene que preguntarse si de hecho le pidieron a un par de ojos bien entrenados que revisara el texto.

    Desde luego, uno no puede ser exageradamente estricto: si hay un juego de palabras, vaya y venga; si es una situación debatida en la gramática, está bien asumir una u otra postura. Pero desde obituarios en periódicos prestigiosos hasta leyes de la República hacen gala de un desenfado sorprendente en la redacción.

    Puede que sea que se está publicando más texto del que la humanidad es capaz de corregir: blogs, cambios de status en Facebook, periódicos, publicidad, libros de todos los temas y formatos. Es posible. Puede que incluso los que asumen el compromiso de pagar por correcciones profesionales estén sufriendo el peso de exteriorizar o tercerizar a los correctores (y por lo tanto no invertir en su —costosa— capacitación), como dicen por ahí.

    En todo caso, anuncié que este era un breve ejercicio de desahogo, y lo voy a convertir en una serie de ideas que presento sin ningún orden específico y que recogen unas situaciones que he encontrado con frecuencia en la edición.

    • Hay que ser más descriptivo que la Real Academia, pero más prescriptivo que una mera consulta de uso en Internet (o incluso en el Corpus de la RAE). Las reglas gramaticales deberían tener una misión argumentativa: convencernos de la autoridad de quien las pronuncia, sin darla por sentada. En el terreno del inglés, donde no se levanta una Academia, crecen muchos ejemplos de textos que asumen esta carga de persuasión; un excelente ejemplo es el libro de uso de Bryan A. Garner.
    • Menos mayúsculas. No todo lo importante se escribe o se debe escribir con mayúscula (ni todos los cargos, ni todos los títulos). Hay idiomas —como el hebreo— que sobreviven muy bien sin mayúsculas. Bajo la influencia del inglés (donde las guías de estilo también recomiendan usar menos mayúsculas), Internet está lleno ahora de muchas más mayúsculas de las que se necesitan en español.
    • Se necesitan lecturas más contextualizadas. No sólo debe intervenir el prisma de la gramática y la ortografía, sino que debe pesar la redacción en un sentido amplio: la claridad, el tipo de texto (¿educativo?, ¿novela?), la disciplina en la que se escribe (¿matemáticas?, ¿literatura?), el público al que se dirige, la coherencia.
    • Que descanse en paz la idea de que la gramática es inaccesible y por lo tanto un asunto de fastidiosos y rígidos. Se puede explicar la regla sobre el plural o el singular de la palabra le sin remitirse a endecasílabos técnicos. Todo esto ayuda a comunicarnos mejor. Es ridículo pensar que la composición libre es agramática; claro que hay pecados creativos, pero los comete mejor quien domine lo normativo, no quien lo desconozca.
    • Más correctores, en todos los órdenes. Más correctores en los periódicos, en los pronunciamientos oficiales del Gobierno y en las leyes, en los anuncios publicitarios. No es tan difícil. ¿No es mejor pagar un filtro adicional con tal de evitar la vergüenza de presentar errores evidentes al público (y de paso difundir ideas erróneas del idioma)?
    • Bajémosle a la idea de que porque el lenguaje cambia no hay tal cosa como errores, sino diferencias en el uso. Una cultura tan hipertextualista como la nuestra puede registrar, sin grandes inconvenientes, tanto cambios como errores. Esta idea vuelve a la afirmación con la que empecé: no pienso jamás escribir güisqui, como dice la Academia, pero sí vale la pena evitar frases como “Eventualmente setiaremos la reunión para chatiar del ishu” (una frase muy parecida a la que escuché hace poco, de hecho).
    Y eso fue. Bueno, luego seguirán las entradas más usuales.