Thursday, May 21, 2009

Reading (and) Fahrenheit 451

Ray Bradbury, Fahrenheit 451 (The 50th Anniversary Edition). New York: Picador (1998), 190 pp.

So how do you get kids to read? I read a stray article written by a well-known novelist who shrugged off the problem. This concern has been blown out of proportion, she said. Thanks to steep literacy levels, more people are reading now than at any other time in history. Numerically, this is true. But I think the rebuttal misses the point: as I see it, people are worried because those who got an education used to be deeply committed to reading; many of those who get an education today are reading-averse. I’ve had quite a few former students confess that they read one or no books before college; and I’ve talked to several educated adults who admit that they haven’t read a full book in, say, a decade (or more).

So back to square one: how do you get kids to read? If you ask Ray Bradbury, as you can see in the interview that accompanies the 50th Anniversary Edition of Fahrenheit 451, this is such a simple question: “Hand them a book, that’s all. Science fiction, fantasy—my books have changed a lot of lives. My books are full of images and metaphors, but they’re connected to intellectual concepts. Give one of my books to a twelve-year-old boy who doesn’t like to read, and that boy will fall in love and start to read” (p. 190). Oh, okay. Why didn’t you say so earlier?

It is a presumptuous answer, isn’t it? And quite unjustified, if you ask me. Fahrenheit 451 has become a staple book in high school, and I have seen people speak of it with admiration. But I read it recently, and disappointment is the first word that comes to mind. There are good things in the book, mind you. The idea of a world turned against the intellect, a world in which ignorance rules through the blaze of firemen who burn books, is quite interesting.

But the main problem is related to the novel’s technique. I think the texture of the book is bland, the prose is stilted, the dialogues and situations are implausible and even boring. One would not think so at the beginning, because it starts so well, with a clever opening sentence: “It was a pleasure to burn” (p. 3). “Burn” is beautifully poised here because it is a verb that changes its relation to objects when it is an intransitive verb or a transitive verb. The opening sentence can be read to mean that it was a pleasure to burn (in the sense of being lit on fire), or that it was a pleasure to burn (in the sense of lighting other things on fire). The context quickly resolves this ambiguity in favor of the second meaning, but it is indicative of the reversal firemen themselves have experienced in the Fahrenheit 451 universe, having gone from fire-extinguishers to fire-producers. This was well done.

But then you get the bland prose I mentioned, as well as some far-fetched characterizations. Tag along the use of ellipses, which is so cheap at times, leaving the suspense there so suspensefully it is ridiculous. Furthermore, there are quirks with the intended audience (why would the narrator say on page 34 that the firemen’s hose sprayed “not water but kerosene,” if the Fahrenheit 451 universe is used to kerosene and has no recollection of firemen using water?).

And there’s a huge confusion with oral cultures. Oral transmission is not exact; the Bible is replete with examples of this: someone says something, and the hearer passes it on shortly afterward, only to do so with alterations (take the Garden of Eden story, for example, and see how the prohibition keeps changing as it is retold). Oral transmission is particularly not exact when coming from people as thoroughly unaccustomed to memorizing texts as Guy Montag, the main character. And yet, when Montag unearths a passage from Revelations 22:2 at the end of the book, it is drawn unperturbed from the King James Version: verbatim. That is mighty odd. This era of memorizing books, this era of orality, is compared to the “Dark Age” (on p. 153); however, it is tailored according to the expectations of a highly textualized modernity, not those of the oral culture it has been forced to become.

I wonder why the book has enjoyed such an enthusiastic reception. In any case, no, I don’t think handing Fahrenheit 451 to a twelve-year-old will solve the problem of kids who are not eager to read.

Monday, May 11, 2009

Y qué te parece si te recito el cuento


Algunos comentarios en la entrada pasada me hicieron volver a una inquietud que tengo desde hace un tiempo: ¿nuestro tipo de literatura actual de verdad se presta para que la recitemos?

No me estoy refiriendo al solo acto de leer un texto en voz alta, que es un ejercicio muy útil dentro del proceso de edición y sirve para pescar construcciones indeseadas pero camufladas. Me refiero a parar a un escritor o una escritora frente al público y decirle que lea sus poemas, cuentos, novelas, etc.

Los recitales de poesía seguirán. La gente los disfruta, aunque en mi caso tengo sentimientos encontrados con ellos. Por ejemplo, estuve en la Gala de Poesía del Hay (Cartagena) el año pasado y debo confesar que frente a por lo menos dos poetas pasé de lector interesado a oyente repugnado. Hubo uno en particular a quien podía ver babeando en las comisuras de los labios y abriendo unos ojos enormes cuando hablaba de pezones y de pubis, lo que casi me hace perderle el gran respeto que antes le tenía a su poesía. Uno allí descubre que el suave lirismo de un autor debe filtrarse, por ejemplo, por una voz insoportablemente nasal. Bueno, hay que ser un lector suficientemente maduro como para no dejarse sesgar del todo por eso; por lo tanto, hay que seguir leyendo a quienes uno disfruta (y suprimiendo mentalmente toda la parafernalia física que a uno le molesta). En todo caso, ahí están mis sentimientos encontrados.

Con respecto a la lectura de prosa, el tema es más complejo. Creo que las editoriales seguirán usando este formato porque es una buena oportunidad para acercar a un escritor al público y promover la firma (y por ende la compra) de libros. Es una buena idea, desde el punto de vista comercial, y no tengo ningún problema con eso. El reto está en encontrar un texto que de verdad se preste para ser leído sin traumatismos.

Cuando se estableció una formidable cultura tipográfica en Occidente, se estandarizaron la puntuación, la ortografía y la gramática, generando unos textos de una consistencia sobre el papel que la humanidad nunca había conocido. (Recomiendo, por ejemplo, la curiosa historia del signo igual en el libro de David Bodanis E=mc2). Desde luego, los escritores se han adaptado muy bien a este entorno tipográfico. Si le añadimos a este panorama algo de experimentación moderna o posmoderna, el texto que resulta tiende a ser cuidadosamente diseñado para ser escrito, no hablado. De hecho, una excelente novela puede que sea un fracaso al leerla en voz alta. Sinceramente no me imagino recitar Gödel, Escher, Bach.

Mi frustración más reciente con este tema fue cuando intenté leerle un cuento a alguien hace unas semanas. El cuento usaba muchos diálogos, que ante el ojo de un lector no implican ninguna confusión, pero que al intentar comunicárselos a alguien oralmente me estaban enloqueciendo. Empecé a decirle cosas como “raya tengo hambre punto raya se rascó la cabeza raya punto vámonos punto nuevo párrafo”, y ahí ni yo ni ella estábamos disfrutando el ejercicio. Lo que hizo hace poco Wells Tower, leyendo un cuento entero y haciéndose entender sin estrategias esquizofrenogénicas como la mía, fue una proeza.

En inglés hay ciertas bondades que ofrece una lectura en vivo del autor. Por ejemplo, hubo una discusión tal vez demasiado larga en la página de Chuck Palahniuk sobre cómo pronunciar el nombre de la isla en la que se desarrolla su novela Diary. La isla se llama Waytansea. Mi intuición es que se pronuncia “Wait-and-see”, generando un fértil juego de palabras en el contexto de la novela. Pero las reglas de pronunciación del inglés son caóticas por decirlo de manera benigna, así que algunos de los participantes en la discusión tuvieron que transar así: que alguien escuche cómo Palahniuk pronuncia el nombre en una lectura de su novela y nos cuente para que todos sepamos cómo es. (Y, bueno, el nombre mismo de Palahniuk es una trampa. Se pronuncia como si uno leyera los nombres Paula-Nick, y eso de verdad que no se deriva intuitivamente al ver las letras sobre una página).

Al principio dije que la práctica de recitar literatura me generaba una inquietud. No estoy ofreciendo soluciones o posiciones definitivas. Ciertamente hay que ser cuidadoso al escoger lo que se va a recitar. Y hay otras consecuencias. En una entrada anterior dije que algo que me molestaba de los cuentos de Tomás González era que me parecía que sonaban feo. Señalé una cacofonía entre muchas. Una amiga escritora me dice que es una perdedera de tiempo hablar de cacofonías. Que la noción misma pertenece a una cultura oral. Ahora, si seguimos recitando, seguiremos escuchando esas cacofonías que reptan en el papel. Y aunque no recitemos, prefiero evitar las cacofonías: aun en esa vocecita mental de los lectores a veces se dispara un llamado de alerta ante una frase fea. Si acaso sucede, creo que falta un tiempo para que la literatura, de seguir anclada firmemente en el papel, lleve a los lectores a perder algunos de los reflejos derivados de una cultura oral.

Thursday, May 7, 2009

Los libros (y libros y libros y libros) de poesía

Dicen que estamos en una época con más poetas que lectores de poesía. Tal vez sí. Mucha gente se siente capaz de escribir un verso libre de amor o de angustia en la parte de atrás de un cuaderno. Algunos lo hacen muy bien. Pero creo que más gente se aventura con un poema que, por ejemplo, con un cuento. Tal vez porque el cuento requiere escribir más palabras. Y el número de personas que se le miden a una novela, bueno, tiende a ser menor, quizás por lo mismo.

Pero volvamos a la proliferación de poetas. Recuerdo haber estado en un evento literario en Cali el año pasado, cuyos autores invitados eran una escritora colombiana y un escritor español, ambos novelistas (protejamos sus identidades). Cuando terminaron sus presentaciones, el público pasó a hacer preguntas, y resultó que la sala estaba repleta de poetas. Uno de ellos había leído sólo una página de una de las novelas de la escritora colombiana, pero nos compartió cándidos ejemplos de su vena poética. Alguien más hizo una distinción críptica entre un verdadero escritor y un mero escribiente, obviamente introduciéndose a sí mismo en la primera categoría. Otro miembro del público, que lucía bastante joven además, dijo haber publicado casi cincuenta libros de poesía (y digo “casi”, pero creo que eran más de cincuenta). Y así se fueron levantando más y más manos de personas que tenían un arsenal de libros de poesía publicados en su currículo. Se conocían entre sí. No puedo decir si se leían.

Parece que la legión de los poetas ha sobrepasado a tal punto a la de los lectores de poesía que los foros que publican poemas no dan abasto. Una opción natural en esas circunstancias es la autopublicación. El gerente de Lulu, una de las más grandes compañías de autopublicación, dijo que han publicado la colección más grande de poesía mala en la historia de la humanidad. Hay blogs dedicados de lleno a recopilar la hemorragia de poesía mala.

No he dicho todo esto como un enemigo de la poesía. De hecho, me encanta, y soy un lector entusiasta y omnívoro (pero más que todo necrófago, lo admito) de poesía. Aquí aparece la dimensión editorial: ¿eso quiere decir que soy fanático del formato del libro de poesía? Porque claramente los poemas no tienen que venir en libros de poemas: pueden formar parte de las obras completas de un autor (para la muestra Shakespeare, por ejemplo), o integrarse en revistas literarias que publican cuentos y otros artículos (para la muestra The New Yorker).

No soy, por lo menos, fanático de libros enteros de un solo autor. Hago la excepción ante un gran poeta, como Philip Larkin o Ted Hughes, y eso que leyéndolos por sorbos muy pausados. En este género el Externado publica una ingeniosa colección llamada Un libro por centavos, donde cada edición recoge retazos de poemas de cierto autor. He leído algunos, pero no he logrado pasar de una tenue emoción con uno que otro poema. Hace unos meses leí el libro con el que el poeta colombiano Fernando Herrera Gómez se ganó el Premio Nacional de Literatura - Poesía en 2007 (el libro se llama Breviario de Santana, publicado por la Universidad Nacional), y me llevé muy pocos, aunque firmes, buenos recuerdos. En general, este tipo de textos son difíciles, tanto para las editoriales como para el público de lectores. Las antologías de poemas tienden a ser más fuertes, porque se dan el lujo de seleccionar lo mejor de cada autor. En un comentario a una entrada anterior destaqué una que me gustó: Luna nueva. Y en el mundo editorial angloparlante, las de Norton ocupan un lugar especialmente destacado.

El párrafo anterior se empieza a parecer a una entrada de hace unas semanas, cuando hablé del libro de cuentos y las vicisitudes que lo acompañan. Pero las semejanzas son más circunstanciales que intencionales. En ese momento dije que el cuento estaba a salvo, y que consideraba en graves problemas la colección de cuentos escritos por un autor desconocido. Debo confesar, por ahora, que mi opinión ha cambiado, en algunos aspectos. Pero de eso hablaré en otra ocasión.

Retomando la conexión editorial desde otro ángulo, en este mundo de poetas y no de lectores de poesía, hay un libro reciente que es una buena manera de reconciliarse con el rol de ser lectores de poesía. Me refiero a How to Read a Poem, de Terry Eagleton. Quienes hayan leído a Eagleton antes, pueden brincarse sin daño alguno los capítulos 1 y 3, y casi todo el capítulo 4. Quienes no hayan leído a Eagleton, con mayor razón. En esos capítulos Eagleton presenta su ángulo político —cada vez menos fresco y sí, más gauche caviar— que en el mejor de los casos guarda una relación oblicua con los temas del libro. Pero en el resto de la obra, Eagleton hace un despliegue excelente de las maravillas del close reading, la lectura atenta y minuciosa. Sus lecturas de Yeats y de Blake, de Eliot y de Keats, en realidad lo recompensan a uno con creces. Le hacen recordar ese extraño pero exquisito placer que implica rehusarse a leer las mil noticias nuevas y las mil obras nuevas, para enfocarse en cambio en una sola, un solo texto, y leerlo con calma, hilvanando interpretaciones sobre la rima y la métrica con lecturas juiciosas del contenido. El libro provoca no sólo escribir poemas sino leerlos.