Thursday, February 26, 2009

Sobre el libro de cuentos

Tim Keppel, Alerta de terremoto. Trad. Julio César Mejía Yépez. Bogotá: Alfaguara (2006), 307 pp.
Óscar Saavedra, El Viaje. Cali: Universidad del Valle (2003), 86 pp.
Tomás González, El rey del Honka-Monka (1993). Bogotá: Norma (2006), 207 pp.
Javier A. Moreno, Lo definitivo y lo temporal (Inventario de objetos perdidos). Medellín: Fondo Editorial Universidad EAFIT (2008), 103 pp.

Mucho se ha dicho últimamente sobre el estado actual del cuento, y más aún del libro de cuentos. Un autor de una antología de cuentos le dedicó dos columnas al tema hace poco, en El Espectador. La revista Cambio publicó un artículo al respecto en una edición reciente. Un blog literario colombiano, El ojo en la paja, aprovechó dos libros de cuentos para pronunciarse brevemente sobre este formato. Todos coinciden en referirse a la idea de que el libro de cuentos está agonizando, y muchos buscan conjurar ese mito.

El cuento no está muerto, ni moribundo. Aun si lo estuviera, sinceramente no sería algo tan terrible, y nuestros apetitos rápidamente encontrarían otro tipo de textos de interés. La desaparición de ciertos géneros artísticos es un fenómeno común, y no debe entenderse como la defunción de lo artístico en general. Muchos habrán sufrido en su momento con la pérdida de protagonismo del poema épico o de las alegorías morales medievales, pero los artistas simplemente encontraron otras formas de canalizar sus talentos. Igual hicieron los lectores, con sus intereses literarios.

Habiendo dicho eso, vuelvo al punto: el cuento no está muerto. De hecho, una revista literaria tan prestigiosa y tan leída como The New Yorker da fe de eso, incluyendo por lo menos un cuento en cada número. Hay cientos de revistas dedicadas a publicar cuentos, y aparecen cientos de antologías cada año. Y es aquí donde sí creo que estamos ante un género moribundo, cuyo desvanecimiento debo confesar que no lamentaría. Me refiero a las antologías de cuentos, más precisamente a las antologías de cuentos escritos por un solo autor, y, aún más específicamente, a aquellas que fueron escritas por un solo autor que no es bastante reconocido.

Las antologías de cuentos de grandes autores están fuera de competencia. Dubliners pudo haber sido un libro más en 1914, pero ahora, quien quiera leer el Ulises con juicio (y lo recomiendo), debería empezar por Dubliners (además de que “The Dead”, el último cuento de la colección, es muy bueno). Muchas colecciones de cuentos de grandes autores se publican constantemente: la excelente Library of America, por ejemplo, ha recogido los cuentos de Isaac Bashevis Singer en tres volúmenes. Los textos cortos de Beckett, llámense como se les quiera llamar (si cuentos, reflexiones, novelas cortas, o lo que sea), merecen ser leídos, y un amante de Beckett lo hará sin dudarlo. Igual hará un amante de Pynchon con Slow Learner, aunque los cuentos sean casi uniformemente malos (y el mismo autor lo admite en su ensayo introductorio, que termina siendo lo más valioso del libro). En fin. Esos libros, por ser de esos autores, están en una categoría aparte.

El formato problemático para mí, entonces, es el del libro de cuentos escrito por un autor que no goza de gran reconocimiento. En el artículo de Cambio, el editor Carlos Castillo dice que no es un formato muy lucrativo para las editoriales. Castillo lo mira desde la perspectiva de las editoriales, y creo, como lector, que parte de la razón para esto es que es muy difícil lograr algo impactante con este tipo de obras.

Me explico. Muchos, al defender el cuento dentro del mundo moderno, han destacado el hecho de que es un género ágil y breve en un mundo que es amante de la agilidad y la brevedad. Es verdad. Pero este es un atributo más apropiado para un cuento publicado en una revista, donde uno lo lee y pasa a otra cosa, y no de la antología como un todo. La antología no es ágil y breve. De hecho, la antología es más lenta y tortuosa que una novela que tenga el mismo número de páginas.

Parte del problema es que introducirse en un universo nuevo requiere un esfuerzo significativo del lector: debe posicionarse en el espacio y en el tiempo, debe familiarizarse con los personajes, debe adecuarse a la trama y al lenguaje. Esto requiere trabajo, como lo describió tan bien Vonnegut en Timequake. Así que uno de los grandes placeres de leer, que es dejarse atrapar, simplemente no puede suceder en una colección de cuentos. En el momento en que nos atrapa, el libro nos tiene que soltar para pasar a otro cuento. Es consustancial al género, y es cierto incluso de las antologías de cuentos largos. En la novela sucede lo que T. S. Eliot dijo en Four Quartets sobre los poemas, es decir, encontramos “the complete consort dancing together”. No es así en las colecciones de cuentos, aunque tengan trazos o temas en común.

Es más, con frecuencia son tan distintos los universos de un cuento a otro que, al leer una antología de un solo autor, me pregunto si no sería mejor tener un gran cuento de cada uno de varios autores, y reunirlos en un volumen colectivo. Ese, por ejemplo, me parecería un formato más atractivo. Es lo que hizo Bogotá 39 con sus 39 escritores. Y he aquí un libro que me gustaría leer: qué tal si, en ese país de países que es Colombia, alguna editorial comisionara a escritores de distintas ciudades para que escriban cuentos ubicados sin pudor en un lugar. De cada sitio los autores expondrían las problemáticas, las cartografías, los climas, los lenguajes. Sería un libro hasta instructivo para que los lectores, incluso los muy colombianos, sepan cómo se vive en las demás ciudades. Tan sólo basta leer el Valledupar de Alonso Sánchez Baute en Líbranos del bien y las versiones de Cali en la obra de Pilar Quintana para ver la significativa diferencia entre las ciudades colombianas. Semejante diferencia sin duda ameritaría una interesante antología de cuentos.

Pero lo que he dicho no reivindica la colección de cuentos que he cuestionado, es decir, la de autores que no sean ampliamente conocidos y valorados. Estoy convencido de que esta es una especie en vía de extinción.

Para cerrar me voy a referir a cuatro libros de cuentos escritos en español, y publicados en Colombia. Los describiré brevemente, y terminaré con unas apreciaciones en conjunto.

Empecemos con Alerta de terremoto, del norteamericano Tim Keppel, profesor de la Universidad del Valle en Cali. El texto recoge diecisiete cuentos escritos en inglés, (casi todos) publicados en distintas revistas, y luego traducidos al español para la antología. Muchos (pero no todos) los cuentos involucran a un protagonista estadounidense (con frecuencia el narrador mismo) que vive en Colombia; algunos cuentos se desarrollan en Estados Unidos, y su conexión con Colombia es tangencial (“El barrio”) o hasta inexistente (“El busto”). La obra no me entusiasmó. El lenguaje es plano, y mucha de la fuerza depende de tramas a veces entrecortadas, a veces exageradas, que buscan causar un impacto por la mera yuxtaposición de eventos. El texto se solaza presentando un retrato bastante estridente del encuentro intercultural, a menudo basado en la que podríamos llamar la Colombia de los titulares (la de las bombas y los paramilitares y los guerrilleros). Algunos cuentos se destacan, como “El barrio,” “Todos los hombres son perros,” “El farsante,” y “La balada de las jorobadas”.

Sigamos con un libro publicado en Cali: El viaje, de Óscar Saavedra. Es un libro muy breve, compuesto de once cuentos. Son cuentos de laboratorio: tienen todo tipo de giros y sorpresas que parecen brotar de talleres literarios. Además, el lenguaje parece tener un bozal: frenado, demasiado formal cuando no se necesita, demasiado cauteloso. El cuento epónimo no es el mejor. Tal vez el que más me atrajo fue “Los momentos compartidos”, sobre un hombre a quien torturan en el marco de un golpe de Estado. Pero el libro demuestra la falta que hace un editor perspicaz y exigente. Hay mucho que se debió haber removido o reescrito para tener más fluidez y para darles mayor protagonismo a los elementos interesantes. Y, además, hay muchos errores de redacción y de diagramación que dificultan en exceso la lectura. Repito: sí que hicieron falta las bondades de un editor escrupuloso.

El tercer libro que menciono es El rey del Honka-Monka de Tomás González. Aquí no están los problemas que he señalado en los dos párrafos anteriores. La voz de González es madura, se acerca a temas interesantes de formas incisivas, tiene propuestas frescas abordadas con talento y oficio evidentes. Los cuentos son relativamente largos, así que se dan la oportunidad de desarrollarse, sin el afán de obtener un punch line. El cuento que más me gustó es “Verdor”, el primero de la obra. Es un texto poderoso, de lenguaje agreste y situaciones que no están mediadas por barnices fantásticos o melifluos. El cuento mismo parece describirse al decir que los ricos, al pasar, veían a los vagabundos “y no podían entender cómo se podía llegar tan bajo. Y, para impedir que el caos se abriera bajo sus pies, repetían que era gente que nacía para perder, o que les gustaba vivir en la miseria” (pp. 37-38). El cuento describe cómo se puede llegar tan bajo. Es bien logrado. Pero en el texto resuena mucho, tal vez demasiado, el tipo de pauperización que capturó tan bien Beckett en la Trilogía (o Auster en City of Glass, o Coetzee en el estupendo Age of Iron). No pude dejar de oír a Beckett al leer “Verdor”, y no llegué a sentir que el cuento estuviera aportando algo verdaderamente novedoso e impactante. Y, en general, al leer la antología entera no llegué a sacudirme la impresión de que, si bien algunas frases eran fuertes y bien logradas, otras eran, bueno, simplemente feas, y con un pequeño ajuste habrían evitado cacofonías como esta: “el sueco comía como si no lo hubiera hecho nunca” (p. 52; énfasis fuera del texto). En todo caso, es un libro que vale la pena leer.

Termino el recorrido con Lo definitivo y lo temporal, de Javier Moreno. He aquí otra propuesta fresca, llena de juegos e historias amputadas. Ojalá el autor tuviera más paciencia para relatar algo más sustancial, algo más largo, y poner sus talentos al servicio de esa narración. Pero esa crítica esconde un elogio: Lo definitivo y lo temporal es un texto agradable y dinámico, que recompensa al lector. La antología tiene doce cuentos, sin excepción bastante cortos. Las tramas son tan tenues que casi ni aparecen: son pavesas de tramas. Lo mejor del libro está en una polvareda de detalles y microhistorias muy creativos y entretenidos. El texto que más me gustó es “Dingo”, del cual me molesta tan sólo el final. Hay un perro sensacional alrededor del cual se enhebran la trama del personaje central (un profesor de matemáticas) y una subtrama con una estudiante del profesor. El perro es de una vivacidad francamente memorable. Ya otros, como Ricardo Silva y Portnoy, han elogiado Lo definitivo y lo temporal; los elogios no son infundados.

¿Qué concluir luego de reseñar brevemente estos libros? Me mantengo en la idea de que el libro de cuentos es un género riesgoso. Tomás González ya es un autor conocido, así que llegué a El rey del Honka-Monka a partir de muy enfáticas recomendaciones. Uno no se decepciona; el libro es bueno. Por otra parte, está el texto de Javier Moreno, que por ser el primer libro del autor habría sido víctima de la visión ominosa que he presentado más arriba. Sin embargo, habrían pagado los justos con los pecadores: es un texto desenvuelto y prometedor. La facilidad para el juego produce unos resultados refrescantes, y, como lo dije antes, sería muy interesante ver qué pasa si el autor aplica esa facilidad a una obra más larga. Así, cuando la historia nos atrape, no nos tendría que soltar cuatro o cinco páginas más adelante, como sucede en todas las obras que he reseñado aquí, por la naturaleza misma del controvertido libro de cuentos.

Thursday, February 5, 2009

Howling


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Sunday, February 1, 2009

Leonard


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