Sunday, December 28, 2008

Vallejo desde el desbarrancadero



Fernando Vallejo, El desbarrancadero. Bogotá: Alfaguara (2001), 194 pp.



Durante mucho tiempo no había querido leer a Fernando Vallejo. En sus columnas había encontrado una prédica de virilidad y prejuicio, de odio e impulsividad, que me parecía una postura fingida hasta el punto de volvérsele una máscara inescapable. No seguí leyendo sus columnas, y evité sus novelas. Sin embargo, con los años empecé a acumular recomendaciones enfáticas. Uno de los vallejistas, en cuyo criterio confío, me confesó guardar sus copias de las obras de Vallejo junto a la Biblia. En últimas, di el brazo a torcer. El resultado fue que leí El desbarrancadero.

Mi primera impresión fue la risa: ¿cómo no reírse cuando un narrador cascarrabias, ágil con las palabras y acerbo con las ideas, destruye tanto la cabeza del títere como el títere y la tarima? Es una proeza mantener ese tono cáustico durante casi 200 páginas, y el autor lo logra, pero termina por volverse repetitivo y no alcanza a darle a la obra nada semejante a una estructura. Ya he dicho que admiro a Pynchon, y Pynchon no es exactamente el más estructurado de los novelistas; pero en Pynchon encontramos gran versatilidad: una cantera inagotable de ideas frescas y juegos de palabras, un ritmo vertiginoso que no es uniformemente envenenado, una creatividad sin límites.

En El desbarrancadero, en cambio, el rasgo predominante es el desorden. La novela es nominalmente sobre la muerte de Darío, el hermano del autor, pero brinca con desenfreno, se pasea constantemente por cuanta reflexión tangencial brote en la mente de Vallejo, se transporta hacia el pasado o el futuro de manera caprichosa. No genera nada parecido al suspenso o la intriga. Nada. De hecho, pude haber abandonado el texto a la página 50 y haber terminado con la misma sensación que me llevé al concluir: que es un desorden, escrito con un tono llamativo y escandaloso. Claro, uno queda cebado con la irreverencia, y quiere seguir leyendo, pero de verdad sentía que estaba leyendo una entrada larga en un diario, o una columna de opinión larga; los desvaríos no apuntan hacia una trama o hacia alguna profundidad psicológica intrigante. Me late que todas las novelas de Vallejo van a ser así, desordenadas y furiosas, por lo cual no valdría la pena seguirlo leyendo, a menos que uno busque un placer afín al de escuchar una misma canción una y otra vez. Sin embargo, voy a leer una obra más: la pentalogía El río del tiempo. Veremos si acerté en la predicción de que su prosa se hace uniforme en su odio tan repetitivo y tan igualitario.

La novela tiene virtudes. Hay unas reflexiones bien logradas, como esta: “Mi futuro está en manos de mi pasado, que lo dicta, y del azar, que es ciego” (p. 178). Para mí sobresalió una combinación peculiar entre una crítica moral muy fuerte y una conducta personal que podríamos describir por lo menos como reprochable. Así, en lo personal encontramos a un Vallejo cargado de deseos homicidas, genocidas, e incluso de exterminio total (“Por amor a la naturaleza […] hay que acabar con esta plaga [de los seres humanos]” [p. 102]). Vallejo desea lo peor para incontables personas, tanto poderosos (“entre papas y presidentes y granujas de su calaña, elegidos en cónclave o no, a la humanidad la llevan como a una mula vendada con tapaojos rumbo al abismo” [p. 179]) como pobres (“‘Los pobres […] [r]oban y paren para que vengan más pobres a seguir robando y pariendo’” [p. 13]), y le da rienda suelta a la pedofilia (hay una obsesión perenne con los “muchachos”) e incluso a la necrofilia (“yo dizque no me acostaba dizque con cadáveres. ¡Mentiras! Yo no tengo nada en contra de los muertos muertos mientras están fresquecitos” [p. 20]). Si es que tiene explicación esta aparente contradicción, una explicación podría ser que Vallejo se ha contaminado tanto con semejante mundo tan horrible que su comportamiento personal lo refleja, aunque no le impide vituperar al mundo por su degradación; ese mundo, a él, lo volvió así, o, según el mismo Vallejo, “el hombre nace malo y la sociedad lo empeora” (p. 102).

No pude evitar comparar El desbarrancadero con una obra que leí hace poco: Líbranos del bien (2008), de Alonso Sánchez Baute. Ambas pecan, creo, de desorden. En menos páginas, y con esquemas y otras ayudas para el lector, Líbranos del bien pudo haber convertido una idea excelente en una obra excelente. Tanto Vallejo como Sánchez Baute narran estas obras en primera persona, y hacen gala de descripciones bien logradas e ideas interesantes. Ambos autores son muy claros en su ímpetu por escribir sin tapujos y sin preocuparse por las consecuencias personales que eso implique: Vallejo da fe de ello, entre tantas formas, al referirse con sorna a su mamá como “La Loca” y a su hermano menor como el “Gran Güevón”; por su parte, Sánchez Baute dice: “Yo no escribo para que me quieran, ni para tener más amigos. Ni siquiera para vender libros. Lo hago para escapar del dolor, pero a la vez para encontrar una voz con qué gritarlo” (pp. 299-300). Ambos autores son homosexuales, y lo mencionan a lo largo de la obra: Vallejo pone de presente su jadeo por los “muchachos”, mientras Sánchez Baute lo asume como su opción personal, y reta la homofobia que lo ha acechado toda la vida. Pero la sensación que me llevo de cada uno es bien distinta: por un lado, un Vallejo incapaz de superar el odio efervescente que ha cultivado (él mismo lo dice en El desbarrancadero: “Así era siempre: iba atando maldiciones con maldiciones como avemarías de un rosario” [p. 129]); por otro lado, un Sánchez Baute que lucha con un mundo lleno de injusticias y que busca de buen corazón espacios para sus amigos y para sí mismo.

***

Hay mucho que pensé en compartir de Vallejo para dar una idea del tono de la obra y de su punto de vista. Consideré diciente este largo párrafo en el que Vallejo reúne los consejos que le daría a su hijo, si lo tuviera. Claro que detrás de cada consejo cínico se oculta una crítica espinosa. Ahí va: “Hijo: Házte nombrar y valoriza el puesto. Que nada pase con tu firma sin tu coima, que el mundo es de los vivos y el cielo de los pendejos. No des sin que te den y si no te dan que esperen, que la prisa es de ellos: ellos tienen la siderúrgica prendida y no pueden esperar: tú sí, tú tienes sueldo. ¿Industrias? ¿Cultivos? ¿Trabajo para los desempleados? Que las abran ellos, que cultiven ellos, que les den trabajo ellos que son los explotadores: tú no, tú eres santo. Y ten presente que funcionario que deja el puesto ya no es: fue. Por eso les dicen ‘el ex ministro’, ‘el ex presidente’, con una equis lastimera. En esa equis radica la diferencia entre el ser y el no ser. Así que no sueltes puesto sin tener otro mejor preparado. A tus inferiores humíllalos, a tus superiores cepíllalos, y cuando tus superiores caigan, dáles con el cepillo en la cabeza que la lealtad es vicio de traidores. ¡Cómo vas a traicionar tus intereses por un ex jefe! Un ex ya no es. Y sube, sube, sube que mientras más subas tú tu país más baja. Nadie está arriba si nadie está abajo. En las entrevistas no te des, que tú no eres mujer enamorada, y no olvides que hoy día todo lo graban; di que sí pero que no, enturbia el agua que no se pesca en río transparente. Masturba al pueblo, adula a los poderosos, llora con los damnificados, y a todos promételes, promételes, promételes, y una vez elegido proclama a los cuatro vientos tu amor a tu país pero si te lo compran véndelo, y si no hipotécalo que las generaciones venideras pagan: el futuro es de los jóvenes. Las casas, las calles, las escuelas, los hospitales, las universidades, las carreteras que prometiste déjalas como los puentes: en el aire, pendientes, entre una orilla y la otra de la nada. Absurdo sería gastarte en lugares comunes suntuarios lo que es para tus gastos: tus mansiones, tus aviones, tus palacios, tus palacetes, tus islas, tus playas, tus yates, tus putas, tus delicatessen. Y al irte, si es que te vas, recuerda que lo que dejes se lo lleva el próximo viento: dinero en arca pública es volátil cual espíritu de trementina” (pp. 85-86).

Friday, December 26, 2008

Una defensa muy breve del Ulises


El Ulises (1922), de Joyce, es una novela excelente, superlativa, chistosa, genial. En realidad me sorprende oír por ahí, por ahí y en general por ahí que el Ulises es un engendro, un bodrio, un endriago ilegible. Y no se trata de rendirle culto a Joyce: la última novela de Joyce, Finnegans Wake, sí es una verdadera tortura salvo que uno la lea como quien escucha una canción en un idioma extranjero, presto a rescatar algunas frases eufónicas y algunos juegos de palabras interesantes. Y eso. (Este, el de Finnegans Wake, es un caso extremo de los hábitos de lectura que en una entrada anterior describí en relación con Pynchon).

Pero el Ulises es otra cosa. Sí, es una obra cuya lectura se enriquece mucho cuando uno tiene un profesor de literatura a la mano, y uno o dos manuales, como el de Stuart Gilbert que por primera vez decodificó en pleno el subtexto mítico de la novela, o como el robusto Ulysses Annotated de Don Gifford y Robert J. Seidman. Y es que así era la compulsión intelectualizante de la literatura de la época: un poema como “The Waste Land” de T. S. Eliot, por ejemplo, está verdaderamente atiborrado de referencias culturales de todo tipo. Y, bueno, eso era lo que se esperaba. Pero esa no debe ser la razón por la cual un buen lector abandone el Ulises. Como lo describió muy bien Jonathan Culler en su Literary Theory: A Very Short Introduction (1997), uno de los rasgos del lector de literatura (a diferencia del lector de textos históricos, sociológicos, jurídicos, etc.), es suspender la exigencia de inteligibilidad inmediata (“the suspension of the demand for immediate illegibility” [p. 41]).

Porque el Ulises es mucho más que su, sí, complejísimo sistema de referencias y andamiajes simbólicos. Leopold Bloom, por ejemplo, es un personaje fabuloso, lleno de riqueza sensorial, meditaciones cómicas, inseguridades (aunque Stephen Dedalus, otro protagonista, goce de una capacidad singular para producir tedio). Los conflictos que enfrentan los personajes son profundos, provocadores y poderosamente construidos. La manera misma de integrar el conocimiento dentro de una trama tortuosa pero atractiva es aleccionante; es un testimonio de lo bien integrada que estuvo la erudición que los lectores se tardaron varios años en descubrir por qué la novela realmente se llamaba Ulises. ¿Y un escritor que confronte Ulises cómo no va a disfrutar al leer la fabulosa técnica con la cual Joyce construye, por nombrar algunos, el monólogo de Molly Bloom en el último capítulo de la novela, o los movimientos sinfónicos del episodio conocido como “Sirens”?

Yo siempre recomiendo que los lectores insatisfechos con el Ulises aguanten por lo menos hasta el cuarto episodio, cuando el angustiadísimo Stephen le cede la narración al fascinante Leopold. Y eso me lleva a una pequeña reflexión con la cual concluir esta breve y muy personal reivindicación de la novela. ¿Será que hemos desarrollado unas expectativas de lectura afanadas, impacientes, hiperactivas, es decir, muy ajustadas al ritmo del mundo actual, pero tanto así que nos impedirían apreciar grandes obras que nos cayeran sobre el regazo sin carátula y sin recomendaciones previas? Sin ejercer algo de paciencia, ¿no cometeríamos el error de dejar tiradas las novelas de Pynchon al toparnos con la primera sección impenetrable, o Recursos humanos al encontrar el primer monólogo del profesor Conrado, o Delirio ante el primer soliloquio del abuelo, o El enfermo de Abisinia desde la primera página, o Worstward Ho desde la primera frase? Sigue un muy largo etcétera.

Hace un tiempo hubo una discusión muy interesante en el blog El ojo en la paja, y entre los comentarios alguien recomendó una página en la que un editor explicó su práctica para escoger entre los manuscritos que recibía: leer en voz alta la primera página y la última página, y con base en esa selección determinar si valían la pena. Sí, la cantidad de trabajo y de obligaciones nos obliga a usar muestreos y otros sistemas amigos de la eficiencia, pero me pregunto si una novela como la de Joyce habría jamás sobrevivido a esa guillotina. Igual si hacemos una selección al azar de novelas bien recibidas, y merecidamente famosas, desde A Passage to India de Forster hasta la reciente ganadora del Booker Prize, The Inheritance of Loss por Kiran Desai. Supongo que mi reflexión es esta: claro, podemos abandonar lecturas que no nos seduzcan, pero ¿cuánto estaremos perdiendo al no tener la paciencia para soportar novelas que en momentos puedan parecernos crípticas y aun aburridas pero que en el agregado resulten verdaderamente importantes?

Wednesday, December 17, 2008

How I became infatuated with Thomas Pynchon's novels

So here’s my confession: I utterly love Thomas Pynchon’s work. Perhaps my single greatest reading decision of the year was not to give up on Gravity’s Rainbow when I felt that it was going nowhere, that it was pedantic and excessive, and that it had vague and also madly pullulating characters. After about 400 pages of it, I stopped, filed it away, and slandered it for a while, using the coarsest billingsgate on people who would listen. A few months later, I took the novel up again, very reluctantly I admit, and, suddenly, I was infatuated. I not only had to gobble up the whole thing, but also felt compelled to leap on everything else this eccentric and elusive man had written. And thus I have done, intermittently, over this now expiring 2008.

So yes, it was true: Pynchon’s novel was going nowhere. And this wasn’t only the case with Gravity’s Rainbow, but also with the other novels of his I’ve now read. The plots are thin, and they tend to deteriorate in a muddle of quirky descriptions always verging on the absurd. And, yes again, the characters are vague and they pullulate madly, which also interferes with an honest-to-God plot. Some characters (notably Pig Bodyne) crop up here and there, from one novel to another, and one can even list off the main characters in a single novel. You can also describe the contours of what happens in a Pynchon novel (particularly in The Crying of Lot 49). But that’s not getting too far on the kinds of resources one is used to in fiction.

If Beckett was an artist of the paring down, of the minimal, Pynchon is the opposite: an artist of surfeit, of excess, of blowing prose up explosively. I mentioned it as yet another of my most ardent objections to Gravity’s Rainbow during that first 400-page run. But one ends up developing new reading habits: so yes, here’s a half-page song in German followed by a calculus-ridden formula for the trajectory of a missile. And so what? Must one really fully absorb, doctorally, every detail in a novel? Why not read on, and enjoy the frenzy, and get a sense of the rhythm? And I did. And the rhythm became a pet obsession of mine. I have found nothing like it in the wild world of fiction. The use of wide-ranging knowledge is not at all unabashed, either: my own native Cali, Colombia, shows up in Pynchon’s first novel, V., as do the very particular Colombian curanderos in Gravity’s Rainbow. This, of course, on top of facts about Malta, and Cairo expeditions, and entropy, and. You get my drift.

This confession is not meant to goad anyone into reading Pynchon. Chances are you’ll end up cursing me and two or three generations of my family if you do. If you are curious, though, do one thing and one thing only: read the most slender of his novels, The Crying of Lot 49. If you feel inexplicably intrigued and entertained, if you find his pedantry funny and if in the mired plot you find yourself entranced by the language and the wordplay and the rhythm, well then, you’re welcome to this peculiar Pynchon feeling. And V. is a good place to go next. You’ll find, among other things, this strange place called Vheissu.